Las narraciones visuales y sonoras del hongkonés Wong Ping abordan explícitamente las relaciones sociales desde el punto de vista del humor.

«El sexo es el lenguaje de mi trabajo, no es el mensaje. En realidad, el sexo es el lenguaje universal, no el inglés»

Wong Ping es uno de los artistas emergentes más importantes de Hong Kong. Crea discursos audiovisuales que combinan lo grosero con imágenes que parecen haberse quedado en la época de los 80 por su estilo y los colores neón. En ellas hace una rigurosa crítica sobre la sexualidad reprimida, los sentimientos personales y las limitaciones políticas que surgen en la sociedad.

El videoarte del artista hongkonés de 34 años han sido proyectados en festivales internacionales como el de Róterdam. También tiene un trabajo expositivo que ha recorrido museos y ferias internacionales de arte como el Guggenheim Museum de Nueva York.

La fama y el reconocimiento de Wong Ping, han sido casi meteóricas en los últimos dos años. Él mismo califica su paso por el arte como un «golpe de suerte».

Estudió media design en Australia, «fue una decisión al azar», comenta, que le atrajo esa opción sólo porque no hacían exámenes y había pocas tareas. Nunca le gustó la escuela, ni mucho menos leer libros, excepto cómics. Influenciado por los videojuegos, aprendió a programar y crear softwares que le permitieron hacer animaciones. Al terminar la universidad estuvo en trabajos que el mismo Wong Ping califica como «frustrantes». Después de sus jornadas de trabajo en un canal de televisión, por las noches se entretenía haciendo dibujos que al poco tiempo aprendió a animar por ordenador.

Todos sus relatos son una mezcla de metáforas y hechos vividos, «son un espejo de la sociedad», según el artista. «Las historias vienen de todas partes, de lo que leo en redes sociales, lo que me cuentan mis amigos», comenta. Lo principal y como él quiere que las personas vean su trabajo es como si leyeran el diario personal del artista. «Esto es quién soy yo. Son mis memorias, así que no espero que nadie reaccione al leer mi diario».

Como en la vida misma, las historias de Wong Ping tienen un final inesperado. En Doggy Love cuenta la historia de un niño que se enamora de una niña con senos en la espalda, un hecho que da lugar a todo tipo de bromas y fantasías sexuales de sus compañeros de clase. Lo que empezó como una historia con tintes de violencia cambia por el amor. ¿Hemos banalizado el amor?, «la pregunta correcta sería por qué hemos dejado de buscar el amor. Para mí es algo en lo que no te debes rendir. El objetivo en el amor es encontrar a una persona a la que sin duda le donarías un riñón», dice.

Es un observador y un creador innato, y de cualquier suceso cotidiano se inventa mil historias.

Cuenta que una vez en un bus camino a su casa en Hong Kong vio a una mujer embarazada con un escarabajo en la espalda. «Tenía muchos escenarios en la mente de lo que podría pasar: que la mujer se asustara y tuviera un parto inesperado; que la mujer gritara, esperantara al conductor y que muriéramos todos en un terrible choque, o dejarlo todo como estaba. Decidí que así fuera y dibujar una historieta con todo lo que había imaginado. Me pareció más divertido que hubiese sucedido en la vida real».

Desde 2010 sus animaciones se pueden ver en su canal de YouTube y en otro de Vimeo. Uno de sus primeros trabajos fue el vídeo musical de la canción We Want More del grupo de música indie FruitPunch, que revela claramente su fascinación por las imágenes pixeleadas y la carga sexual que implica en sus cortometrajes. «El sexo es el lenguaje de mi trabajo, no es el mensaje. En realidad, el sexo es el lenguaje universal, no el inglés» ironiza.

Fuente: El Mundo