No soy de quienes se anotan en negarle cualquier posibilidad de reoxigenarse a la oposición venezolana después de las colosales derrotas del 30 de abril y del “acercamiento” de Noruega y que le esperaría un largo y ardiente desierto como los que siguieron al fracaso de los diálogos en el 2014, 2016 y 2018.

Por Manuel Malaver

Todo lo contrario, me inscribo en la lista de quienes piensan que, a pesar que en Caracas y Santo Domingo no se logró ningún acuerdo, en el mediano plazo quien resultó defenestrado fue Maduro, pues en meses la oposición volvió a estar en calle y cada vez con mejores posibilidades de desalojarlo de Miraflores.

Veo, entonces, los “diálogos” no como admisiones de la imposibilidad de cauterizar al dictador “por la fuerza”, sino como “treguas” cuyas rupturas conducen de manera inevitable a lo que resulta imposible negar y ocultar: cada vez el régimen se presenta al próximo round más débil y la oposición con mejores posibilidades de aplicarle el KO final.

Se podría en este orden señalar que, lo que sí constituye un error opositor es el no persistir en una confrontación de calle para la que la dictadura no está estrenada ni dotada si se prolongase más allá de meses, y de ahí que después de cada desgaste opositor, salga Maduro con la bandera blanca del diálogo y no del remate, pero habría que recordar que no existe una sola “oposición” sino varias, así como no hay un solo “régimen” sino varios y dependiendo de quienes prevalecen en cada factor en el desarrollo de las conyunturas, se va a la confrontación o al diálogo.

No hay dudas que tal como sostienen los tratadistas de la guerra desde Sun Tzu a Von Clausewitz, “la mejor victoria es la que se logra sin combatir”, pero buscando el ideal de derrotar al enemigo sin imponerse por la fuerza, se puede tambien perder la guerra, y creo que después de Noruega está es la lección fundamental que surge para la dictadura y la oposición.

Máxime para la oposición, que desde que comenzó la implementación del chavismo como una estructura de poder con vocación socialista, totalitaria y vitalicia renunció a dotarse de organizaciones para la guerra, pues la constitución del 99, la llamada “Bolivariana”, prescribía que solo a través de eventos electorales era válida y legítima la alternabilidad en el gobierno.

Únicamente que la oposición olvidó que el mandato constitucional era válido exclusivamente para los poderes regionales y locales (gobernadores, alcaldes y concejales) y, en cuanto a los poderes del Estado, para un electivo como la Asamblea Nacional, pero no para que el Poder Ejecutivo.

Fue así que mientras las elecciones transcurrían con resultados varios para gobernadores, alcaldes, concejales y diputados, en lo que se refería a la elección presidencial, aquella en que se decidía la presidencia de la República, el gobierno procedía a ejecutar unos gigantescos fraudes donde todos los candidatos de la oposición salía derrotados frente a los candidatos del gobierno.

El general, Hugo “El Pollo” Carvajal afirmaba recientemente desde su exilio en Madrid que “de todas las elecciones en que estuvo involucrado en los tiempos en que fue alto funcionario del chavismo (1999-2013), Chávez solo ganó unas elecciones, las de 1998, pues las demás fueron escandalosos fraudes”.

Para lograr tal eficiencia fraudulenta, Chávez, se hizo dotar de un sistema electoral absolutamente controlado por el Ejecutivo, dotado de máquinas electrónicas que ocultaban o variaban los resultados a pedido de las necesidades de Miraflores, y de una estructura espurea y corrupta que no tardó en convertirse en la mejor fábrica de dictadores que conoce la historia.

Como una “dictadura electoralista” describí una vez a la dictadura chavista y no hay duda que todo el lodazal de corruptelas, matraca, represión, torturas, muertes y crímenes exportables no nacieron en Venezuela solamente de los cuarteles y los fusiles, sino también de las máquinas electrónicas y las mesas de votación donde se “asignaban” los votos.

Pero, el peor daño del sistema electoral -cuya directiva aun cuenta con los mismos rectores chavistas de hace 10 años (entre otros su presidenta, la tristemente célebre, Tibisay Lucena)-, fue que inoculó en la oposición la ilusión de que se podía derrotar al régimen, al chavismo o al madurismo, con elecciones y así han pasado 20 años viendo como se despelleja y deshuesa a Venezuela, literalmente se reduce a polvo, en tanto que solo hasta muy poco, diría que hasta el “acercamiento” que sectores de la oposición tuvieron hace dos semanas con representantes del régimen en Oslo, Noruega, persistió la ilusión de que en Venezuela podían haber elecciones limpias y, por esa vía, derrotar a Maduro que apenas tiene 15 puntos en las encuestas.

Solo que Maduro también maneja desde el 6 de diciembre del 2015 -cuando fue derrotado en las elecciones parlamentarias con más del 75 por ciento de los votos que le quitaron la mayoría absoluta-, este dato duro y no solo ha arreciado el control férreo e intraficable que siempre tuvo sobre el poder electoral, sino que lo ha extendido a los cuarteles, a los cuerpos policiales y de seguridad, a los civiles paramilitares que llaman colectivos, desafiando y derrotando todos los esfuerzos que hace la oposición por derrotarlo en las urnas o en la calle.

Pero hay más, mucho más: desde que se instauró la dictadura en febrero de 1998, Chávez comenzó a aliarse con gobiernos extranjeros afines, como son los comunistas cubanos, los fundamentalistas iraníes, los neoimperialistas rusos y chinos, y terroristas de las FARC, el ELN, Hamás y Hezbolá, y comprándoles armas a unos, o entregándoles riquezas o partes del territorio a otros, a cambio de que le presten servicios para combatir a la oposición o enfrentar una invasión extranjera, Venezuela se ha convertido en una suerte de isla del terror que en nada envidia a las que los piratas, bucaneros y corsarios establecieron en el Caribe en los siglos de la colonización europea.

Maduro ha continuado con la tradición y no lo niega, sino que se enorgullece, con los pactos que hace a diario con terroristas, saqueadores, contrabandistas, narcotraficantes y la delincuencia organizada de todo el planeta.

Una dictadura, en fin, de las de antes, de las que establecieron Stalin, Mao y Fidel Castro y frente a la que cabe preguntarse si puede ser derrotada con manifestaciones de calle multitudinarias, valientes, persistentes pero desarmadas, o más bien dirigiéndose a la comunudad democrática internacional para que nos preste el concurso de sus fuerzas armadas y, de conjunto, proceder a liquidar una plaga tan perversa, como contagiosa.

Opción que no es la primera vez que se plantea en Venezuela desde que la oposición ganó la Asamblea Nacional y convirtió el Poder Legislativo en el otro poder, el paralelo, pero que ahora cuando el madurismo está aislado, continuando su obra de destrucción del país pero aislado de la comunidad internacional, surge como una política que debe discutirse y aprobarse cuanto antes y para ponerla en los escritorios de las cancillerías amigas y convertirla en la una solución que puede salvar a Venezuela.

Quiero aclarar que es la gran discusión que sacude en este momento a la oposición venezolana, que la mantiene dividida en cuanto a si somos los venezolanos solos quienes podemos y debemos derrotar a Maduro y sus aliados o si debemos admitir nuestras insuficiencias -a pesar de nuestro heroísmo-, y tocar la puerta de los países democráticos amigos.

De aquel lado, del de los países hermanos extranjeros, también truena esta discusión y hasta donde alcanza nuestra información, no podemos afirmar que la decisión haya sido tomada por una salida u otra.

Pero ya está sobre la mesa y debe ser decidida cuanto antes pues Venezuela se desangra sin que le quede mucho tiempo para sobrevivir y como dice la presidenta de “Vente Venezuela”, María Corina Machado, “no es todas que las opciones están sobre la mesa, es que queda una sola opción y es la intervención militar extranjera”.

El presidente de la AN y Presidente Encargado de Venezuela, Juan Guaidó, tiene la palabra.