Una imagen icónica de Theresa May apareció esta semana, mientras el Reino Unido se preparaba para la noticia de que ella renunciaría.

La mostraba en la parte trasera de un auto, con el rostro pálido y brillante por el sudor, con los ojos rojos y llorosos. La imagen destacó porque era casi idéntica a la fotografía tomada a Margaret Thatcher en noviembre de 1990, cuando un auto la trasladaba después de su propia dimisión. “Lágrimas en el asiento trasero” fue el titular del Daily Mirror, en ambas ocasiones.

Las lágrimas eran evidentes porque eran algo extraordinario. En dos años y diez meses como primera ministra, May ha convertido la dureza en una marca personal, al liderar la carga incluso cuando sus esperanzas de concretar un acuerdo para el brexit se esfumaban. Uno de los misterios centrales de la política británica era: qué se necesitaría exactamente para que May se rindiera?

El 24 de mayo, lo descubrimos. Dijo que abandonaría el cargo de lideresa del Partido Conservador el 7 de junio, pero que permanecería como primera ministra hasta que se eligiera a alguien que la sucediera.

Ante la posibilidad de una cuarta derrota humillante en el parlamento, abandonada por sus últimos aliados, May finalmente llegó a la conclusión de que había agotado cada camino posible. Su estrategia para la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha dejado a su país en graves aprietos: su población está venenosamente dividida, sus dos venerables partidos están gravemente dañados y sus probables sucesores impulsan la fantasía de línea dura de un brexit sin acuerdo.

Hasta hoy ha estado 1044 días en el cargo: una de las gestiones más breves de cualquier primer ministro de la posguerra. Su gobierno ha aprobado menos legislaciones que cualquier otro en las últimas tres décadas.

May renuncia en medio de una derrota total en gran parte porque se ajustó con lentitud a las realidades políticas del brexit. Aunque al último dejó claro que no estaba dispuesta a liderar al país hacia una salida sin acuerdo, apenas lo hizo a principios de este año, ya en la parte final del proceso.

Aunque al final buscó apoyo más allá de su propio partido, con la esperanza de improvisar una coalición con los centristas del Partido Laborista, lo hizo tentativamente, y demasiado tarde.

“Dejó ir su momento”, dijo Rosa Prince, la autora de una biografía de May. “Ella simplemente no tuvo la flexibilidad o la perspicacia de cambiar de rumbo. Es como un buque al que le toma mucho tiempo cambiar de dirección y entonces no puede recalibrar cuando está claro que la nueva ruta será fatal”.

Esta no es la forma en la que se suponía que la historia de May terminaría.

Después del referendo de 2016, ella tenía el atractivo —para muchos— de ser un par de manos seguro, una servidora pública responsable que podría ser capaz de dirigir al país hacia un compromiso. May, hija del vicario de un pueblo pequeño, parecía emanar de una Inglaterra más simple, más chapada a la antigua. Al ser políticamente solitaria, no pertenecía a ninguno de los grupos políticos del parlamento, así que era poco probable que fuera atraída hacia disputas ocultas o conspiraciones.

No obstante, en los siguientes años, esas virtudes se convirtieron en su perdición.

Al principio de la negociación, aceptó las garantías de las personas a favor del brexit de que las negociaciones serían sencillas y, como una estrategia de negociación, declaró que estaba preparada para abandonar la Unión Europea sin un acuerdo, dijo Chris Wilkins, que trabajó como su redactor de discursos y estratega jefe durante su primer año en el cargo.

“Toda la retórica de los que estaban a favor del brexit y de la campaña para salir de la Unión Europea, si recuerdas, fue sobre lo sencillo que sería”, dijo Wilkins. “A ella le decían que esto no sería tan complicado”.

Fue durante aquella época que May estableció una serie de límites para garantizar a los conservadores a favor del brexit que ella estaba de su lado, pero fueron estos los  que restringieron fatalmente su capacidad de maniobra.

En un importante discurso sobre una política en enero de 2017, prometió la liberación de las estructuras económicas de la Unión Europea y salir del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y prometió que, si era necesario, estaba lista para abandonar la Unión Europea el 29 de marzo de 2019 sin un acuerdo. Esa promesa —”Sin un acuerdo para el Reino Unido es mejor que un mal acuerdo para el Reino Unido”— fue una victoria para las personas de línea dura a favor del brexit, al llevar su manera de pensar hacia la corriente dominante conservadora.

“Fue muy importante, y no fue solo un discurso; lo dijo constantemente”, dijo John Redwood, una voz antieuropeísta en el parlamento desde hace décadas.