Por Manuel Malaver

Las siglas, marca, anagrama o acrónimo Derwich debió ser el vocablo más pronunciado y mentalizado durante las ocho horas que duraron los dos apagones que colapsaron a Caracas y a 16 estados de la República durante la mañana y la media tarde del martes 31 de julio pasado.
Y es que se estaba cumpliendo -o autocumpliendo-una profecía, aquella según la cual en algún momento de este o el próximo año, el país o sus dos terceras partes, caería en un estado de parálisis casi total producto de un gran apagón eléctrico nacional.
Y entre los culpables -aparte de Chávez, el socialismo, Maduro y el castromadurismo,- Derwich Associates, el grupo de seudoempresarios que, con una empresa de maletín, se hicieron con 11 de los cientos de contratos que, sin licitación, concedió el Presidente Eterno para atender la emergencia eléctrica decretada de su puño y letra el 22 de febrero del 2010.
De todas maneras, las siglas,  la marca, el anagrama o el acrónimo  Derwick no se conocerían sino dos años más tarde, específicamente,  el 7 de agosto y el 18 de septiembre del 2011, cuando el periodista, César Batiz, Coordinador de Política del diario Ultimas Noticias, publicó dos reportajes de investigación que harían historia: Cable pelao en la electricidad y Barivén compró con sobreprecios.
Sería largo desglosar el cúmulo de información que aportan los dos reportajes de Batiz, si bien hay tres datos que cortan la respiración y conducen a uno de los más grandes guisos de la historia de la corrupción venezolana: 1) Derwich Associates  había sido constituida meses antes de ser decretada la emergencia eléctrica y premiada con los 11 contratos: el 15 de octubre del 2009.-2) Su capital era de apenas 500.000 bolívares.-Y 3) Sus principales accionistas y directivos eran: Leopoldo Alejandro Betancourt López, Pedro Trebau, Francisco Convit y Franco D, Agostino.
Pero hay más, mucho más: ninguno de los consorciados cruzaba la treintena años, no eran profesionales con carreras relacionadas con la electricidad, ni habían trabajado en proyectos o empresas de energía y, lo que terminó de introducirnos en una suerte de novela de intrigas a lo Padula o Pérez-Reverte, eran miembros de la high class venezolana, de familias de las que los chavistas y maduristas llamaban  oligarcas, vivían o provenían en su mayoría del Country Club de Caracas, no se les conocía militancia política ni de izquierda ni de derecha,  y los 11 contratos pudieron alcanzar un total de entre 5 mil o 7 mil millones de dólares (aunque ellos, los Derwich, siempre han rezongado que fueron 3 mil)
La gran pregunta es: ¿cómo hicieron unos babe face, de menos de 30 años, sin currículo de ninguno tipo y carreras ambiguas en universidades chimbas, de la high class del Country Club y cachorros  de la odiosa oligarquía caraqueña, cazar el vellocino de oro, conseguir el “ábrete sésamo de la cueva de Alí Babá y sus 40 ladrones, y en el curso de unos pocos meses, ponerle las uñas a una fortuna colosal que en el biorritmo del capitalismo normal tarda decenas, veintena de años en producirse y amasarse?.
Quiero aclarar que, en el curso del tiempo que gasta el Escándalo Derwick  Associates-y que ha concitado la atención de expertos tan calificados como César Batiz, Alex Boyd, Thor Halvorssen, hijo y Otto Reich-, esa es la pregunta que ha centrado mi atención y a la cual he devocionado noches de insomnio, y semanas  y meses de revisión de papeles, documentos y entrevistas con personajes del entorno más íntimo de quienes tomaron las decisiones, para atreverme a unas conclusiones que paso a compartir con ustedes:
Un primer sospechoso es Víctor Vargas Irausquín, el extodopoderoso presidente del BOD, dueño actual de “Últimas Noticias -el diario donde Batiz publicó los reportajes y fue despedido a la brava-,  suegro de uno de los chicos Derwich, Franco D, Agostino, y quien, por su cercanía con José Vicente Rangel y Alí Rodríguez, pudo haber recibido instrucciones para armar el  juego.
El problema es que D, Agostino se fue rápidamente de Derwich Associates, parece que por problemas con el resto de los directivos y dicen que en disposición de contar todo lo que sabía de sus exsocios.
Una tarde, sin embargo, entrevistando a un informante confidencial que conoció muy de cerca de los chicos Derwich, que, incluso, realizó negocios con ellos, oí un nombre, el nombre que era, en su opinión, el punto a partir del cual se armaron todos los demás:
La repuesta a su pregunta me dijo es Javier Alvarado, el viceministro de Desarrollo Eléctrico durante los días de la emergencia, el cual tenía, no me acuerdo si un hijo o un hermano menor estudiando en el Colegio Las Cumbres en los años en que los chicos Derwich hacían el bachillerato y de ahí quedó el vínculo para que Alvarado los llevara a hablar con Rafael Ramírez y Rafael Ramírez con Alí Rodríguez, y Alí Rodríguez con Chávez y ahí empezó todo
Javier Alvarado Ochoa, ingeniero eléctrico graduado en la USB, empleado en la PDVSA de la Cuarta desde 1979  y alto funcionario desde que el chavismo comenzó a trasegar por la estructura del estado, terminando su carrera como viceministro durante la emergencia eléctrica, y que cuentan, ejercía un poder casi hipnotizador sobre Rafael Ramírez.
En la actualidad, enjuiciado en España por encontrarse entre los seis funcionarios del gobierno de Chávez con cuentas en la Banca de Andorra por un monto de 4 mil millones de dólares y acusado por la fiscalía española por lavado de dinero y de pagar sobornos al grupo empresarial, Duro Felguera.
Dato que también nos permite extrapolar por qué los chicos Derwich, tan pronto  le pusieron el guante a la primera bolsa con un mil millones de dólares contantes y sonantes, comenzaron a incursionar en el mercado financiero local, específicamente en las emisiones en dólares de PDVSA, en tres de las cuales pudieron embolsillarse otros un mil millones de dólares.
En estas andanzas se encuentran con otras casas de bolsas también privadas que profesionalmente colocaban bonos de la estatal, como U-21, INTERVALORES y ECONOINVEST, que por causas nunca aclaradas por el gobierno, fueron intervenidas y sus directivos encarcelados, mientras los chicos Derwich -así como otros operadores cercanos a la élite chavista, como Raúl Gorrín y Alejandro El Tuerto Andrade-  continuaron especulando hasta bien entrado Maduro y nunca se les tocó ni con el pétalo de una rosa.
Pero por Javier Alvarado llegamos también, desde el segundo piso, a lo que puede llamarse el primer piso de uno de los entramados de corrupción más sofisticados que ha conocido cualquier país  y cuyos capos primeros y mayores pueden identificarse como Hugo Chávez, Jorge Giordani, Bernard Mommer, Alí