Manuel Malaver

No dudo que Leopoldo López fue la figura central en el diseño de la estrategia que comenzó el 5 de enero pasado con la elección del diputado, Juan Guaidó, como Presidente de la Asamblea Nacional, siguió con su juramentación como Presidente Encargado de la República y continúa en su proyección como un líder nacional y continental cuya misión  fundamental se expresa en el programa de “Cese de la Usurpación, Gobierno de Transición y Elecciones Libres”.

Ya se conocen algunas de las consultas que realizó López previo a anunciarle al país que el candidato de “Voluntad Pupular” para presidir la AN durante el período 2019-2020 sería Guaidó, entre las cuales, en primer lugar, se cuentan reuniones -vía Sky- con sus cofrades de la “Salida”, Antonio Ledezma y María Corina Machado, y por último, un encuentro decisivo en Washington a finales de diciembre (también vía Internet) entre representantes de “Voluntad Popular”, “Vente Venezuela”, “Alianza Bravo Pueblo”, AD, UNT y “Avanzada Progresista”.

En conjunto, de toda la oposición representada en el parlamento, cuya unión para garantizar el cambio de 180 grados que se le imprimiría a la política debía estar garantizada, y sin que medraran pequeñeces, minucias, ni rutinas que impidieran que la oposición tomara la ofensiva y, ahora sí, para no dejarle atajo de escape a la dictadura.

Quiero subrayar, sin embargo, que la inspiración, las líneas maestras y la visual del desarrollo del programa que después lideraría Guaidó, vino de López, el Presidente y fundador de “Voluntad Popular”, un líder político cuyos años en el servicio público (Alcalde de Chacao durante dos períodos (2000-2008) y en la cárcel (5 años entre Ramo Verde y su casa-prisión (2014-2019) no le han permitido un contacto largo y sostenido con el pueblo, con la calle, si bien puede asegurarse que su popularidad entre las mayorías venezolanas difícilmente podría ser superada por ningún otro político de su generación, ni de las anteriores y  posteriores.

Conozco personalmente a Leopoldo López de los años en que fue Alcalde de Chacao, y bien en entrevistas para la prensa o la radio, o en conversaciones personales, me tocó pulsar a un líder político de la nueva generación, intenso pero observador y cuidadoso, focalizado en las responsabilidades del cargo o en sus actividades partidistas y totalmente consubstanciado con Venezuela y sus circunstancias, sobre todo aquellas que atañían a su liberación de las amarras de la dictadura.

Un funcionario comprometido con la practicidad de darle respuestas a las necesidades de la gente, pero también a orientarse y navegar en las corrientes de pensamiento que traían los tiempos que anunciaban un renacer de la democracia.

Fueron los años en que rompió con “Primero Justicia” (el partido en que recibió su bautismo de fuego político) y se unió no por mucho tiempo a UNT, de Manuel Rosales, pero se apartó también de la tienda del exgobernador del Zulia y empezó a pensar en la necesidad, urgencia e inevitabilidad de fundar su propio partido: “Voluntad Popular”.

Para una reunión de su partido me invitó a finales del 2013 (después que había muerto Chávez, la oposición le había ganado las presidenciales a Maduro y había rodado hacia las municipales del 8 de diciembre donde el madurismo, ya instalado en el poder, ejecutó el fraude que le permitió recuperarse de la derrota, la del 13 de abril, que le dijo a Venezuela y el mundo que la política del país había cambiado para siempre.

Memorable aquel encuentro entre Leopoldo y un grupo de politólogos y periodistas no me acuerdo si a mediados o finales de diciembre, donde hicimos el recuento de cómo la oposición saltó de la tierra al cielo con el triunfo de Capriles en las presidenciales y luego del cielo a la tierra con la derrota en las municipales y otra vez un grupo de demócratas de los con o sin partido nos reuníamos para preguntarnos: ¿Qué hacer?

López nos dio la respuesta con las manifestaciones que irrumpieron en San Cristóbal el 12 de febrero del 2014, que se extendieron por todo el territorio nacional, revelaron que Venezuela tenía un partido político  nuevo, “Voluntad Popular”, cuyo líder había entendido que la lucha contra la dictadura dejaba de ser primordialmente electoral para lanzarse a la calle y convocar al pueblo a enfrentar a sus enemigos de otra forma, con otros métodos, con otra estrategia,  al mundo que en Venezuela no existía nada parecido a una democracia sino un régimen totalitario y colectivista que volaba a arrasar con lo poco que quedaba de la libertad y democracia.

Aun no surge acuerdo entre los analistas que, desde todos los bandos, han quemado tiempo en decidir si la rebelión popular del primer semestre del 2014 fue oportuna, dirigida a producir cambios necesarios en la estrategia política de aquellos tiempos, y no un arranque de impaciencia sectaria y caudillista que proporcionó daños como la muerte de 43 venezolanos, 600 que resultaron lesionados, 1600 encarcelados y aun pagan condena por expresar el derecho a disentir y, sobre todo, que llevó tras las rejas a Leopoldo López cuyo cautiverio alcanzó en marzo pasado cinco años.

Pero cualesquiera que sean las conclusiones, creo que del 2014, de las manifestaciones que fueron de febrero a junio, viene Leopoldo López, el líder que, a mediados de diciembre, dio el paso de ir adelante con el acuerdo de que “Voluntad Popular” asumiera la presidencia de la Asamblea Nacional, pero para darle un cambio fundamental a la política, uno que saldara los déficits, postergaciones y aplazamientos que se tenían desde la victoria popular en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre del 2015 y se cumpliera con lo que tanto tiempo se había tardado en cumplir: que la Asamblea Nacional se constituyera en gobierno, aprobara la ilegitimidad del ejercicio que Maduro perpetraba desde el Poder Ejecutivo y lo sustituyera calificándolo como “usurpador” y convocara a nuevas elecciones.

Una decisión encarnada en el programa que lleva adelante el presidente, Juan Guaidó, cuya legitimidad ha reconocido el 90 por ciento de la comunidad democrática internacional y tendría que concluir en que, en poco tiempo, Maduro y sus asesinos no estén más en Miraflores y Venezuela pase a recuperar la libertad y la democracia por la que tanto ha luchado.

No puede negarse que se ha avanzado enormemente en los tres meses que dura apenas este proceso, que el gobierno legítimo, el Legislativo, el que preside Guiadó, tiene el reconocimiento del 90 por ciento de la comunidad democrática internacional y del 80 por ciento de los venezolanos, pero también debe advertirse de los peligros que se corren si se tarda en una solución que ponga fin a la existencia de un gobierno paralelo, que no es un gobierno, sino una pandilla de narcosocialistas, terroristas y miembros de la delincuencia organizada, de la cual no cabe esperar otra política que no sea resistir para vencer o ser vencidos por las armas.

Al respecto cabe insistir que no se trata de políticos tal como se conocen en la tradición occidental desde Aristóteles, sino de bucaneros, piratas, corsarios y filibusteros de aquel tipo que poblaron las islas del Caribe en tiempos en que España, Inglaterra y Francia se disputaban su territorio e indistintamente servían a quienes los empleaban o a ellos mismos.

Las pruebas las tenemos día a día,  y semana a semana, como puede demostrarse en la prisión de Roberto Marrero y la decisión del jueves, cuando la Contraloría del seudogobierno inhabilitó a Guaidó de sus derechos políticos.

Y que podrían llegar más lejos si la Asamblea Nacional, y en especial el liderazgo de “Voluntad Popular, y sobre todo, Leopoldo López no se convencen de que hay que responderle al pirata mayor con las armas de nuestros aliados y no con políticas de presión y sanciones que no lo intimidan sino soliviantan.

Pasó Hitler, pasó con Stalin, pasó con Castro y pasará con Maduro si no aparece un recurso armado en nuestras costas que vaya buscarlo en su guarida.