Fue inaugurada el 15 de mayo de 1889, coincidiendo con la Exposición Universal

La tonalidad del color ha ido cambiando, desde el ocre hasta el marrón rojizo o al actual “marrón torre Eiffel”, especialmente concebido para ella, más oscuro en la base y más claro en la cima, para asegurar una percepción óptica uniforme y resaltar la torre bajo el cielo y en el perfil de París.

El próximo miércoles la torre celebrará su fiesta de cumpleaños. Fue inaugurada el 15 de mayo de 1889, coincidiendo con la Exposición Universal. El coloso metálico era la máxima atracción de la feria y servía como puerta de entrada. Relevó al obelisco en honor a George Washington, en la capital federal estadounidense, como el edificio más alto del mundo. Encabezó la clasificación hasta 1930, cuando fue superada por un rascacielos, el edificio Chrysler, en Nueva York.

 

Está actualmente en cartel, en el teatro de los Mathurins, un musical, La torre de 300 metros –así se la llamó en su origen–, en el que se explica la odisea de Gustav Eiffel para construirla. Se trata de revivir el mito para un público familiar, francés y foráneo.

La compañía que administra la torre Eiffel –un imán turístico, con siete millones de visitantes al año– ha organizado varios actos para conmemorar la efeméride. Visitarán el monumento, tras acabar las clases, 1.300 escolares de entre 6 y 12 años. Por la noche habrá un concierto gratuito, de Jeanne Added. Y a partir de las 22 horas, el escenógrafo Bruno Seillier ofrecerá un espectáculo de luz inédito, de una decena de minutos, que se irá repitiendo hasta la una de la madrugada. Para disfrutar del espectáculo lo mejor será alejarse un poco, hasta los jardines de Trocadero.

Más allá de estas atracciones concretas, lo más importante será el repintado de la torre, que se iniciará en breve. El hierro pudelado en que se construyó es muy resistente, casi eterno, pero precisa mantenimiento periódico. Desde 1889, la estructura ha sido repintada en su integridad en 19 ocasiones. Es la clave de su longevidad. La tonalidad del color ha ido cambiando, desde el ocre hasta el marrón rojizo o al actual “marrón torre Eiffel”, especialmente concebido para ella, más oscuro en la base y más claro en la cima, para asegurar una percepción óptica uniforme y resaltar la torre bajo el cielo y en el perfil de París.

El repintado es necesario para combatir la corrosión, los efectos de la polución y de los excrementos de los pájaros. Permite, al mismo tiempo, realizar una inspección completa de la estructura para detectar componentes con problemas y poder sustituirlos.

La última vez que se repintó fue hace diez años. Se utilizaron, como siempre, técnicas tradicionales. Está prohibido pintar con pistola, a distancia. Se hace a mano y se usan las brochas de toda la vida. Eso permite una distribución equilibrada de pintura en todas las ranuras, en todos los remaches. En el 2009 intervinieron 25 operarios, que emplearon 60 toneladas de pintura (se estima que unas 15 toneladas se pierden, por la erosión, durante el periodo entre dos repintados). Para la tarea se usaron 1.500 brochas y un millar de guantes de cuero. Se tardó 18 meses –sin que nunca se cerrara la torre al público–, con un coste aproximado de cuatro millones de euros. Se tuvo un cuidado especial en escoger un tipo de pintura de componentes orgánicos volátiles, con el mínimo disolvente, para respetar el medio ambiente. Los detalles de la próxima mano de pintura serán anunciados el próximo mes en una rueda de prensa que seguro despertará gran interés. Se sabe ya que habrá que decapar la superficie, para reducir el grosor de las sucesivas capas de pintura y el peso acumulado, de unas 350 toneladas, demasiado para la torre. Uno de los problemas será eliminar el plomo y evitar su dispersión en el aire.

Roland Barthes, escribió en 1964. “Mirada, objeto, símbolo, la torre es todo lo que el hombre pone en ella, y ese todo es infinito”

El objetivo de París es que su emblema siga gozando de buena salud y mantenga su magia, generación tras generación. Las referencias literarias, pictóricas y cinematográficas asociadas a la torre Eiffel son incontables. Una de las definiciones más sugestivas la aportó el ensayista y filósofo Roland Barthes, en 1964. “Mirada, objeto, símbolo, la torre es todo lo que el hombre pone en ella, y ese todo es infinito”, escribió. El semiólogo francés, sagaz analista de la sociedad moderna, exaltó la potencia y las contradicciones de la estructura. La vio como “un edificio inútil e irreemplazable, mundo familiar y símbolo heroico, objeto inimitable y sin cesar reproducido, es el signo puro, abierto a todos los tiempos, a todas las imágenes y a todos los sentidos, la metáfora sin freno”.

Con informaciones de La Vanguardia