La nueva medida para valorar a un escritor no es un prestigioso premio, sino su número seguidores en Instagram o Twitter

La industria del libro se ha quitado prejuicios y hace caja con el éxito de estos fenómenos sociales

Unos amigos, unas cervezas, unos poemas, un poco de dulzura al final de la noche. No hay mucho más que anhelar en la vida. La historia de la literatura de los likes empieza en la inocencia y en la alegría de descubrir el mundo, pero termina en el malentendido y en la incomprensión. Durante las últimas semanas, las críticas negativas que ha recibido Días sin ti, de Elvira Sastre (Seix Barral, Premio Biblioteca Breve 2019), han elevado el runrún de los reproches contra la generación de escritores que han alcanzado la fama literaria a través de las redes sociales. Contra ellos y contra las editoriales que los sostienen.

El tema no es nuevo. En 2014, el novelista Miguel Dalmau y el editor Román Piñapublicaron un ensayo llamado La mala puta (Slopper) que enumeraba las vergüenzas del negocio editorial en España: la banalización de su producto, la renuncia a marcar la frontera entre el entretenimiento y la literatura valiosa, el maltrato a los escritores y a los lectores, la obsesión por la rentabilidad, el espectáculo barato de los premios literarios, los famosos metidos a novelistas… La angustia por la crisis económica y por un mundo en el que cada vez es más difícil convencer a nadie de que se vaya a la cama con un libro en vez de con el móvil, repartiendo corazones en Instagram.

Instagram es el nombre que envenena esta historia: los chicos del primer párrafo, los de los poemas y las cervezas, eran escritores aficionados que circulaban por las carreteras secundarias de la literatura: se conocían, se apoyaban, aprendían juntos, se leían sus versos en jams literarias, en pubs y en bares-librerías y lanzaban tiradas cortas y un poco precarias de sus textos… Como ha ocurrido toda la vida. La diferencia es que muchos de ellos descubrieron que las redes sociales les permitían acceder a públicos mucho más amplios. Como si alguien les hubiera escrito la vida en forma de guion, todas las casualidades se alinearon, se pusieron de su lado: resultó que la poesía, fragmentaria, breve y propicia al destello, funcionaba bien como post, mucho mejor que la narrativa; resultó que el mercado demandaba caras nuevas e historias bonitas; resultó que en aquella época post-15M todo lo que sonase a élite (también literaria) era sospechoso y, por tanto, había un hueco para ellos…

Miles de personas se enamoraron de aquellos poetas del Insta y las editoriales se lanzaron a por ellos. “Recuerdo un momento en el que mirabas las listas de los libros más vendidos y decías: ¿Y éste quién es? ¿Y éste? Ibas a la Feria del Libro, había con una cola de 200 personas esperando una firma, y ocurría lo mismo: ni idea de quién estaba ahí”, explica una editora de ficción con décadas de experiencia y varios sellos en su currículo.

EL PROBLEMA ES EL POPULISMO Y EL RELATIVISMO: EL CRITERIO DEL ‘ME GUSTA’ PESA MÁS QUE EL DE LA LITERATURA

Algunos datos: el libro de poesía más vendido de 2018 fue de César Brandon Ndjocu, un guineano criado en Ceuta conocido por ganar un reality. Las almas de Brandon, vendió cerca de 80.000 ejemplares, según la consultora Nielsen. Detrás, en la lista de poetas best seller aparecen también los nombres y alias de @srtabebi, Defreds, Miguel Gane, Patricia Benito, y la cantante Rozalén. Todos están entre los 40 a los 20 años y son, por decirlo así, outsiders.Y aún hay datos más sorprendentes. Sin embargo, @srtabebi y Defreds ya son veteranos de las listas de los libros más vendidos. Según el sello Mueve tu Lengua, Amor y Asco de Srtabebi y Casi sin querer, de Defreds, están en torno a los 130.000 libros vendidos de cada título.

Probablemente, el escritor de la cola de los 200 lectores en el Retiro fuera alguna estrella veinteañera de Youtube metido a escritor. Su mercancía nos puede parecer más o menos interesante pero no hay mucho que reprochar en su caso. Hace dos meses, la editora del sello Montena, Rosa Samper, explicaba en estas mismas páginas que la estrategia de su sello respecto a los lectores adolescentes consiste en crear libros que sean una extensión de las formas de ocio que ya consumen. Los libros de un youtuber o de una serie de televisión no engañan a nadie. Son entretenimiento y como tal deben ser juzgado.

Más complicado es el caso de los Marwan, Diego Ojeda, Elvira Sastre y compañía, cuya categoría es la de la literatura. Muy en resumen: las críticas contra Días sin ti no le reprochan que sea una novela poco valiosa, sino que ocupe un espacio que estaba vedado: el premio Biblioteca Breve, Seix Barral… Sastre, cuya fama llena teatros en España y América, cuenta en su currículo con otro premio de prestigio, el Visor. “Creo que Sastre era, ente los ‘nuevos poetas’, la que tenía una cultura más sofisticada”, explica la editora consultada.

“No pasa nada porque haya una literatura más ligera. Siempre ha existido y todos la hemos leído en algún momento de nuestras vidas. Nadie nace leyendo a Dante. Pero siempre existió una frontera clara. No había conflicto. Esa literatura de entretenimiento era fácil de distinguir de la literatura prestigiosa. El problema empezó cuando nos llegó el populismo y el relativismo, cuando renunciamos a establecer lo que era valioso y lo que no. Hubo un momento en el que el criterio del ‘me gusta’, ‘cuántos me gusta tengo’ se impuso al de la calidad literaria“, explica el crítico Juan Marqués, autor de una de las reseñas negativas de Elvira Sastre.

Enrique Redel está de acuerdo: “De pronto, nos encontramos que el sello que editaba a Aleixandre edita a Defreds. Bueno, es normal que haya lectores decepcionados. Las contraseñas de tipo sociocultural que han funcionado durante años se usan ahora para acceder a públicos nuevos dándoles nuevos productos: textos sencillos, directos al corazón… No es casualidad que la poesía haya sido la vanguardia de este cambio, porque el lector que tiene mala conciencia porque ya no lee, lo tiene más fácil con un libro de poesía. Es más corto y menos exigente”. Y continúa Redel: “No sé cómo valorar todo esto, la verdad. Supongo que es el síntoma de una crisis comercial y de un cambio de modelo en la forma de consumir ocio. No sé si es un problema de elitismo, pero es verdad que los culturetas tendemos a escandalizarnos”.

ES EL SÍNTOMA DE UN CAMBIO DE MODELO EN LA FORMA DE CONSUMIR OCIO. LOS CULTURETAS TENDEMOS A ESCANDALIZARNOS

Un ejemplo muy claro de ese abaratamiento del producto es el de los premios literarios, que, con los años, han perdido parte de su valor comercial. Hay demasiados premios y no muchos lectores, de modo que puede ser que Elvira Sastre no necesite el Biblioteca Breve más de lo que el Biblioteca Breve la necesita a ella. Además, las editoriales, concentradas en un par de grandes grupos y unas cuantas pymes, viven angustiadas por llegar a sus objetivos de rentabilidad. “Fíjese en los escritores consagrados que tenemos en este país, los que sí salen en los periódicos: Pérez Reverte, Muñoz Molina, Mendoza, Trapiello… Todos han cogido un ritmo de libro al año, publican mucho más que antes porque sus editoriales tienen la presión de los distribuidores para tener algo nuevo siempre, algo nuevo con visos de ser rentable”.

Y ahora, un recuerdo: ¿no editó Visor, otro sello de los buenos de siempre, los sonetos y las canciones de Joaquín Sabina? ¿Y no han sido esos sonetos el libro de poesía más vendido en España durante décadas? “Es verdad. Yo los tengo por casa. A mí Sabina me gusta. También es poesía popular pero yo creo que tiene otro valor”, responde Redel. Su caso plantea la duda de saber si “los culturetas” están equivocados en todo. Si el problema no consiste en que los editores, escritores y lectores de siempre, los que se informan a través de los suplementos culturales, han perdido el toque, no entienden bien de qué manera se expresa el mundo de 2019. “Habría que ver lo que se dijo con los premios de hace 30 años, si hubo gente que también pensara que los autores que hoy nos parecen consagrados no estaban a la altura. A veces, el problema es de prejuicio, porque yo no creo que haya una competencia real entre la literatura clásica y la moderna“, añade el secretario del gremio de libreros de Madrid, Pablo Bonet.

“Además, hay una imagen que parece un tópico pero que es real, lo sé porque he sido librero mucho años: eso del chico que empieza a venir a tu librería y te compra libros de entretenimiento y que, al cabo de unos años, está comprando cosas más complicadas… eso existe, es real y es muy reconfortante”.

Casi tan bonito como la escena de los poetas veinteañeros en la barra de un bar.

Por Luis Alemany – El Mundo