El bullicio volvió a las playas venezolanas, de fina arena blanca y aguas azul turquesa, que estuvieron desiertas desde el 16 de marzo. cuando el gobierno de Nicolás Maduro impuso una estricta cuarentena en un intento por romper la cadena de contagios del nuevo coronavirus.

Durante más de 200 días, únicamente algunos afortunados que viven a pocos metros de la playa habían podido ver, al menos de lejos, el paisaje playero. El resto estuvo condenado a una larga espera como Victoria Colina, una administradora de 45 años que tenía siete meses sin ir a un balneario.

“La apertura nos parece fabuloso porque somos fanáticos de la playa”, acotó Colina, quien disfrutaba el viernes del sol y el mar del lado norte de la cordillera que separa Caracas del Mar Caribe.

La comunión entre los venezolanos y el mar es proverbialmente conocida y no es de extrañar en este país sudamericano con unos 1.823 kilómetros de costas frente al Caribe, donde la mayoría de sus pobladores viven en zonas cercanas al litoral.

El amor de los venezolanos por sus paradisíacas playas también se ve reflejado en el número de áreas marinas protegidas. Siete de los 43 parques nacionales del país son litorales e insulares con una extensión conjunta de 5.045 kilómetros cuadrados.

Maduro autorizó el 19 de octubre reabrir las playas — entre otros sitios esparcimiento — con la esperanza de revitalizar las economías locales cercanas a la costa y ofrecer a los venezolanos la oportunidad de bañarse en un espacio abierto, tomar sol, nadar y comer el tradicional pescado frito escuchando el sonido de las olas, las gaviotas, pelícanos y el ahora siempre presente ritmo del reggaeton.

“La recreación es algo importante”, dijo Maduro en un acto de gobierno televisado el jueves. El gobernante también autorizó el funcionamiento de restaurantes, hoteles, parques de diversiones, licorerías, entre otros, con la expectativa de que el turismo vuelva a comenzar a florecer, sin dejar de lado las medidas de bioseguridad para evitar que aumenten los contagios.

Entre aquellos que saludan la medida destacan los trabajadores que dependen de los turistas para su sustento en este otrora rico país petrolero que está en su sexto año en recesión y cuya población es azotada por los altos precios de los alimentos y los bajos salarios en un escenario de alta inflación que condena a millones a vivir en pobreza. El sueldo mínimo que obtiene la mayoría de los trabajadores venezolanos es de 0,86 dólares al mes.

“Me siento contento, le doy gracias a dios, principalmente, porque fueron siete meses duros”, dijo Douglas Yriarte, de 59 años, quien se dedica a acomodar a los visitantes en toldos y sillas.

Su antiguo oficio de albañil lo ayudó a paliar la merma de sus ingresos por la clausura de los balnearios, a la vez que estuvo más urgido que nunca a consumir los frutos de su “conuco”, una parcela pequeña de tierra que dedicaba esencialmente al cultivo de plátanos y bananas.

“De repente me salía cualquier trabajito por ahí de albañilería. Con eso se resolvió, pero fueron siete meses duros”, insistió.

Algunos trabajadores, por su parte, sienten que fueron por mucho tiempo olvidados por las autoridades.

“Yo sé que es una prioridad (la cuarentena) por la situación en la que estamos, pero también tenemos que entender que nosotros aquí en la playa no recibimos ningún beneficio (del gobierno), sino el beneficio de los turistas cuando llegan consumiendo lo que uno les pueda ofrecer”, se lamentó José Rodolfo Armas, un mesonero y pescador de 34 años.

En Venezuela desde el 13 de marzo, cuando se detectaron los dos primeros contagios, se han contabilizado más de 88.400 casos positivos del nuevo coronavirus. De ese total, 85.293 fueron detectados entre el 16 de junio y el 22 de octubre, mientras que la cifra de fallecidos saltó de 27 a 759 en ese periodo.

Los expertos sostienen que el bajo número de casos respecto a otros países de la región, más allá de la adopción temprana de la cuarentena, se debe en buena medida al aislamiento que vive el país después de años de crisis política, económica y social. AP