A raíz de los acontecimientos del 30 de abril en Caracas, el viernes pasado tuvo lugar una reunión de emergencia del Grupo de Lima, al término de la cual los cancilleres acordaron invitar a Cuba y al Grupo de Contacto Internacional (GPI) a participar “en la búsqueda de la solución a la crisis en Venezuela”.

Por supuesto, las reacciones no se hicieron esperar. Muchos alegaron su sorpresa ante una decisión que interpretaron como una anomalía al no comprender cómo Cuba, siendo origen del problema, se convierta, de la noche a la mañana, en mediador del conflicto.

No es la primera vez que por parte de la oposición se expresen decisiones que, a falta de explicaciones, sorprendan o sumerjan en la perplejidad a la opinión pública, dejando el espacio a las elucubraciones periodísticas, a los campeones del teclado, o a los expertos en manipulación. Es preocupante porque, de repetitiva, muestra una tendencia que ya aparece como algo estructural, que resta credibilidad y genera más angustia de la que ya vive la población del país.

Ante la avalancha de reacciones que causó la noticia, Julio Borges, representante diplomático del presidente interino Juan Guaidó ante el Grupo de Lima -que según los testimonios que han ido apareciendo tuvo un protagonismo importante en el montaje de los acontecimientos del 30 de abril- intentó dar una explicación a propósito de la invitación a Cuba. Haciendo gala de su estilo, nunca claro, afirmando algo que inmediatamente relativiza, declaró que a Cuba no se le invitó, sino que se le hace venir para presionarla y para que acepte abandonar Venezuela. Ahora bien, es poco creíble que un responsable político serio crea que pueda atraer, para mejor combatirlos, a profesionales que tienen sesenta años de experiencia conspirativa y de intervención en los asuntos internos de varios países del mundo, como es el caso del régimen cubano.

En cambio, en Cuba, sí comprendieron el mensaje cursado por el Grupo de Lima, que cuesta creer no haya sido hablado con anterioridad con las autoridades de la isla, debido a la celeridad de la respuesta del gobierno cubano que suele tomarse su tiempo antes de tomar una decisión que  comprometa al régimen.

El primero en responder de inmediato fue el propio presidente Miguel Díaz Canel, nada menos que desde Canadá donde causalmente se encontraba. Informó por medio de su cuenta Twitter que sostuvo una conversación con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en la que “enfatizó la necesidad de diálogo con Nicolás Maduro, basado en el respeto a la soberanía de Venezuela y al Derecho Internacional sin amenaza ni intervención extranjera” (sic). Por su lado, Canadá publicó un comunicado el mismo viernes, subrayando que ambos -Díaz Canel y Trudeau- buscaron la forma de “trabajar juntos para encontrar una solución a la crisis”. Si analizamos la reacción cubana, ésta se dirige a la comunidad internacional y de ninguna manera se digna a responderle al Grupo de Lima. Cuba acudió a Canadá, el representante del “primer mundo” en el Grupo de Lima, con el que Cuba mantiene relaciones privilegiadas desde siempre. Díaz Canel dejó muy claro que participará en las negociaciones de la mano de ese aliado poderoso, un país del norte, potencia económica: nada de mezclarse y ponerse a nivel de países subalternos del sur.

Inmediatamente llegó la declaración, también por medio de Twitter, del canciller Bruno Rodríguez desde La Habana, quien puntualizó que Cuba “contribuirá a la solución de las diferencias a través del diálogo respetuoso de la igualdad soberana de los estados, basado en el Derecho Internacional, la no amenaza de la fuerza, ni la intervención extranjera”.(sic)

Pero el que aparece como el “cuadro” de mayor nivel de la diplomacia cubana, y aparentemente será el encargado de monitorear esa delicada tarea, parece que será el director para Estados Unidos de la cancillería cubana, Carlos Fernández de Cossío. Este es un diplomático de alto nivel que se expresa en un inglés impecable, y en un español que no tiene ni asomo del acento de origen popular de los cubanos que “le deben todo a la revolución”. Se ve que la diplomacia cubana escogió para esta escena a Nueva York y la redacción de «Bloomberg» -grupo mediático ligado al mundo financiero. Al igual que el presidente y el canciller, Fernández de Cossío condicionó la “ayuda” de Cuba para “negociar un final pacífico” a la presencia de Nicolás Maduro en la mesa de negociaciones. Puntualizando que “no es ni Cuba ni el grupo de Lima los que deben decidir quién es el líder de Venezuela”. Léase, no es el grupo de Lima, es Cuba quien lo decide. Hay que destacar los diferentes escenarios escogidos para dar su asentimiento a participar en las negociaciones en las que se va a decidir el destino de Venezuela: Canadá, La Habana, Nueva York.

Hasta ahora, Venezuela ha conocido la versión militar/policial del castrismo que éste ha venido aplicando desde que Hugo Chávez le cedió la soberanía de Venezuela a Fidel Castro. A partir de ahora, se enfrascará en un ciclo que será largo, en el que conocerá la versión diplomática del castrismo; materia, que, al igual que en la militar/policial, tiene grado de excelencia.

Si durante los veinte años de castrochavismo Cuba impuso el lenguaje militar (misiones, comandos, campaña), le llegó la hora al lenguaje aséptico diplomático. Esperemos que el Grupo de Lima esté consciente de enfrascarse en un período de negociaciones de duración incierta. Lo más seguro es que se extienda más allá de lo que se imaginan las partes involucradas en el proceso. Deberían recordar el tiempo que duraron las negociaciones de Angola hasta que las tropas cubanas abandonaron ese país, y, las de las FARC, realizadas en La Habana bajo la égida del poder castrista, las de Guatemala durante la crisis centroamericana, que se extendieron durante diez años.

No es reciente la idea de que Cuba sea considerada como la mejor opción para resolver el conflicto venezolano. Varias veces el “New York Times”, vocero por excelencia del poder cubano, ha manifestado esa opción en diversas  ocasiones.

El castrismo es, ante todo, una estructura de poder militarizada, no por ello no deja de contar con cuadros diplomáticos de alto nivel, curtidos, en particular, en el marco de sus actividades en la ONU. En ese entorno internacional han desplegado sus cualidades de seducción y han utilizado el inmenso prestigio que le otorga su condición de “enemigo por excelencia del imperio”; liderazgo que no se priva ejercer ante los países que profesan el mismo resentimiento. En lo tocante al “imperio” mismo, han logrado construir redes de apoyo en los más variados medios oficiales, académicos, religiosos, hasta haber logrado la proeza de infiltrar a la CIA. Y no sólo eso, sino que, durante 16 años, la experta en materia de política cubana en el Pentágono trabajó para los servicios cubanos, orientando sus informes a favor del régimen cubano, determinando así la política de Washington hacia la isla; de allí la drasticidad de la nueva política americana hacia la isla.

Si ya Venezuela ha comprobado en la práctica el profesionalismo de los servicios de inteligencia, de los expertos militares y hasta de los torturadores cubanos, ahora tendrá la experiencia del profesionalismo de sus diplomáticos. Codearse con los diplomáticos cubanos significará una buena escuela para Julio Borges como representante del gobierno interino en el Grupo de Lima. Se hará acreedor de un conocimiento y una experiencia invalorables, que le será muy útil en su vida política en el futuro.

Para completar este nuevo escenario cubano-venezolano, la ministra de relaciones exteriores de Canadá, Chrystia Freeland, declaró el miércoles 8 de mayo que “Cuba tiene que dejar de ser parte del problema de Venezuela para convertirse en parte de la solución”. Y recalcó que espera que Cuba vea que es el “enfoque correcto para el pueblo de Venezuela, para el hemisferio y para Cuba”.

Todo parece indicar que al haberse agotado todos los intentos de negociación propuestos por Washington y evitar llegar a la improbable intervención militar, Cuba percibió que se había llegado a un límite, que de persistir en su postura numantina, podía perderlo todo. Es el momento en que los contrincantes de una guerra admiten negociar. Pero no hay que engañarse, la presencia de Cuba en el Grupo de Lima, y tácitamente aceptada por parte de EE.UU., va a convertirla en chica buena. Cuba impondrá sus condiciones, luchará por hacerlas aceptar, ganará todo el tiempo que desee, además de al contar con su tropa en el interior del país, seguirá teniendo la capacidad del chantaje de la violencia. Intentará por todos los medios cansar a los integrantes del Grupo de Lima y al GPI, ganando tiempo, esperando los cambios de gobierno que van a darse próximamente en el continente incluyendo en EE.UU., esperando elijan gobiernos afines a Cuba y así apuntalar a Nicolás Maduro, oficializando de hecho su presencia en el territorio venezolano: el mayor triunfo del castrismo de su política internacional. La primera fase de la estrategia cubana en Lima será la de intentar mantener a Maduro en el poder. En una segunda fase, puede sacrificar a Maduro y lo más seguro es que tenga en reserva a un candidato proveniente de las filas de la oposición que se adapte al verdadero poder; el entramado militar. Ante las disyuntivas que plantean los conflictos, una de las características del castrismo es tener siempre a la mano varias opciones posibles. En eso siempre se adelantarán a los venezolanos, quienes ante los conflictos apenas si logran estructurar una opción, y además esperando que el desenlace sea rápido.

Todo depende de la actitud que tome Washington ante el nuevo escenario que se le plantea con la presencia de Cuba en el Grupo de Lima. Igualmente, a los gobernantes latinoamericanos que parecen estar conscientes del peligro que representa para toda la región el afianzamiento del régimen de Maduro apuntalado por Cuba y compañía.

Para EE.UU., la actitud del régimen iraní de retomar el procesamiento de uranio destinado a fabricar armas ofensivas, debería ser un objeto de preocupación suplementario debido a la influencia innegable de ese régimen en el escenario venezolano.

La época actual presencia la voluntad de grupos de poderes deseosos de recuperar la influencia hegemónica que otrora tuvieron, en particular Rusia, que conforma un bloque aliada con Irán y Turquía. Independiente del petróleo, del coltán, del uranio etc., que posee Venezuela; es legítimo dudar que Rusia, Irán y Turquía abandonen de buena gana un espacio geoestratégico tan bien situado, fronterizo con el mar Caribe, con la Amazonía, la cordillera de los Andes, y en pleno corazón del continente, además vecino de la sede de la todavía primera potencia mundial, enemigo tradicional del bloque mencionado.

La pérdida de Venezuela significa para Cuba, no sólo perder su fuente de manutención, sino que verá debilitado su papel de Celestina al servicio de los poderes con proyectos imperiales, en lo que radica gran parte de su poder. Pese a su inexistente poder económico, al haberse aliado, primero con la URSS al punto de alcanzar ante la comunidad internacional un estatus real de poder político, su papel de Celestina de los imperios hace a Cuba complementaria de Rusia, la cual, sin poderío económico para ser considerada como una potencia mundial, cuenta con una capacidad de conspiración, de crear conflictos regionales, que le permiten lograr un poder de nocividad innegable. Cuba, incluso actúa más directamente mediante su especialidad de alquilar grupos mercenarios, sean militares, represivos, personal médico, deportivo, que le permite a la vez, ejercer una influencia política decisiva, y asegurar su condición de querida mantenida.

Venezuela dejó de ser un conflicto nacional, para convertirse en un caso geopolítico. Tal vez en la negociación ya comenzada entre Washington y Moscú, la opción de Trump sea la de abandonar la intervención en el conflicto Rusia/Ucrania, a condición de que Putin abandone Venezuela.

Mientras tanto, China se mantiene discreta, a sabiendas de que, en última instancias, le tocará la mejor tajada.