El caso del general Miguel Rodríguez Torres es todo un símbolo. Hoy sus derechos son defendidos por la misma gente a la que persiguió cuando fue ministro de Interior de Nicolás Maduro, mientras es uno de los presos políticos con quien más se ha ensañado este. Un mensaje de miedo no a la oposición, sino a sus propias filas para intentar detener la próxima disidencia.

Por medio de su cuenta de Twitter la diputada a la Asamblea Nacional de Venezuela (AN) y activista por los Derechos Humanos, Adriana Pichardo, informó sobre la huelga de hambre iniciada por el general Miguel Rodríguez Torres en protesta por sus condiciones de reclusión y las torturas de las que, afirma, ha sido objeto.

Rodríguez Torres, quien fue ministro del Interior de Nicolás Maduro y jefe de inteligencia de Hugo Chávez, se encuentra recluido en la Cárcel Especial de Fuerte Tiuna, al sur de la ciudad de Caracas, junto con otros oficiales militares y el primer vicepresidente de la AN, Edgar Zambrano. Arrestado en marzo de 2018 por funcionarios delSebin (el mismo organismo que él creó) es uno de los presos políticos a quien Maduro personalmente ha tratado con mayor saña.

Lo paradójico de su caso es que quien hoy lo defiende, la diputada Pichardo, es dirigente de Voluntad Popular, el partido político que fue el principal objetivo de la represión que Rodríguez Torres dirigió desde el Ministerio del Interior en 2014 y, de paso, ahora comparte reclusión con opositores al régimen al que sirvió.

Su situación actual es un símbolo del proceso de autodestrucción en el que desde hace algún tiempo ha entrado el régimen chavista. Con él se cumple aquella frase atribuida a Maximilien Robespierre según la cual “La revolución devora a sus propios hijos”, porque Rodríguez Torres es víctima de la propia trampa que contribuyó a crear.

Como todo “buen” dictador, Maduro procede implacablemente contra su antiguo subordinado para que sirva de escarmiento, no a la oposición, sino a sus propias filas. El mensaje es claro, en su régimen nadie está a salvo de la maquinaria represiva, ni siquiera el más encumbrado de los jerarcas, como fue el caso de Rodríguez Torres. Todo el mundo está bajo sospecha. Todos sus ministros, jefes militares y funcionarios se ven unos a otros intentando adivinar quién será el próximo.

El miedo puertas adentro es una de las claves (probablemente la más importante hoy) que explica que Maduro aún siga en el poder. Porque en el régimen chavista nadie está a salvo de la maquinaria represiva, ni siquiera sus propios jerarcas.

Otro caso emblemático es el de Rafael Ramírez, expresidente de PDVSA, exministro de Petróleo, el hombre a quien más poder entregó Hugo Chávez. Ahora Maduro ha ordenado su cacería por parte de sus servicios de inteligencia.

Se supone que Ramírez se encuentra en Italia, pero no disfrutando de un exilio dorado, sino escondiéndose de la persecución personal que Maduro le ha montado. La vocería oficial acusa a Rafael Ramírez de exactamente lo mismo de lo que lo señaló la oposición por años: ser el principal operador de la gigantesca trama corrupta montada por el chavismo desde PDVSA. Él fue el administrador de la caja. Mientras que, por su parte, cada vez que puede, él acusa a Maduro de haber “traicionado el legado del comandante”. Si lo que cada uno dice del otro es cierto, pues no hay nada que rescatar de ese legado.

Por supuesto, ni Rodríguez Torres ni Ramírez son víctimas inocentes. Los dos colaboraron para consolidar a Maduro en el poder. En algún momento este percibió que los dos eran una amenaza para él. Y es obvio que también en algún momento los dos conspiraron (o aún conspiran) para derrocarlo. Cada uno es un capítulo del proceso de autodestrucción del régimen chavista.

Más que a la oposición, más que a Juan Guaidó, incluso más a que la Casa Blanca, a lo que más teme Maduro es a la gente que le rodea. ¿Quién conspira? ¿Quién es el próximo traidor? ¿Quién o quiénes serán los próximos Rodríguez Torres, Rafael Ramírez, Cristopher Figuera o Hugo Carvajal?

¿Cuántas Luisa Ortega Díaz quedan aún dentro de la estructura del régimen? Hoy ella es otra disidente; la dos veces elegida fiscal general por asambleas de mayoría chavista es otra perseguida política. En su momento también fue una de las piezas claves de la estructura de persecución política al servicio primero de Chávez y luego de Maduro, hasta que en 2017 decidió no respaldar el proceso constituyente y automáticamente pasó al campo de los traidores.

Maquinaria de persecución

El régimen instaurado por Hugo Chávez y heredado por Nicolás Maduro hace rato cayó en esa dinámica de disidencias y persecuciones que provocan más disidencias y a la vez más persecuciones. Lo particular ahora es que ese proceso se ha acelerado y contaminado un sector crítico del poder: la fuerza militar.

El 2 de marzo de 2018 seis tenientes coroneles del Ejército fueron apresados, entre ellos Ígbert Marín Chaparro, con un récord militar impecable según los entendidos y primero de su promoción. Las denuncias de sus familiares y abogados sobre las torturas físicas a las que ha sido sometido ese oficial son conocidas (y con toda probabilidad la contrainteligencia militar quiere que se sepa) y, no obstante, parece que ello no ha parado las disidencias dentro de laFuerza Armada Nacional si nos atenemos a todo el ambiente de desconfianza y sospechas que Maduro evidentemente tiene hacia los militares.

2019 arrancó con más militares presos por razones políticas que civiles por las mismas causas. Que la represión en el sector haya comenzado con la detención de un grupo de tenientes coroneles no es un dato menor. Tenientes coroneles fueron Chávez y sus compañeros cuando intentaron el golpe militar de febrero de 1992, símbolo del nacimiento del movimiento chavista. Como vemos la serpiente se muerde nuevamente la cola.

Maduro ha desatado toda su maquinaria de persecución contra la estructura que aún lo sostiene: la corporación militar. Atrás quedaron los años de la unión-cívico militar. Lo que hay ahora es la desconfianza cívico-militar.

Todo este proceso tiene una explicación de orden general; la “revolución” chavista fue básicamente un proceso de demolición del orden anterior. Sus dirigentes (Nicolás Maduro y Diosdado Cabello son un ejemplo perfecto de esto) se acostumbraron a destruir, pero no a construir. Hoy pagan las consecuencias y se las hacen pagar a los venezolanos.

Si de alguien desconfía Maduro es de Diosdado Cabello y viceversa. Ese círculo perverso de desconfianzas, persecución, disidencias y más desconfianzas no se va a parar.

¿Cuántas disidencias más puede aguantar Maduro antes de caer? ¿En qué momento una de ellas se transformará en la estampida final?

Fuente: Pedro Benítez