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José Ignacio Cabrujas hubiese cumplido 80 años hoy 17 Jul#

José Ignacio Cabrujas (1937/1995)

Por Alexis Blanco

Su última telenovela, titulada Nosotros que nos queremos tanto, deviene en el póstumo hálito creativo del dramaturgo  José Ignacio Cabrujas, iluminado melómano y hombre de teatro esclarecido, talento irrepetible que hoy más que nunca extraña ese país que él asumió como su “oficio”. 

Desde La señora de Cárdenas, Radio Caracas Televisión constituyó ese taller de vida en el cual, según reseñan sus colegas, como César Bolívar, fraguó un cambio profundo en la manera de hacer y sentir el hecho televisivo nacional.  Una nueva estética, “un riesgo constante”, asumía él, donde todo milagro fuese posible. Otro de sus epígonos, Ibsen Martínez, reconoce y agradece que Cabrujas le hubiese acompañado como instigador en esa notable aventura llamada Por estas calles, donde proporcionó a uno de los personajes la frase clave para comprender y asumir al país: Cada vez que “Eudomar Santos” ´justificaba su ser social con la frase “como vamos yendo vamos viendo”,  era la influencia nutricia de El Maestro Cabrujas, su mirada al país, lo que reverberaba en ello.

“Quiero hablar de hoy, de lo que está pasando, quiero reír y reírnos, que nadie pierda la memoria…Yo quiero hacer el futuro, con la gente..”, opinaba Cabrujas, mientras citaba a Bernard Shaw en cuanto a que “la misión social de un escritor debe ser el de picar el trasero de una sociedad”. Un domingo estuvo como invitado en el programa Primer Plano. Cada domingo circulaba la columna semanal del excelso periodista que también era José Ignacio. “Los venezolanos no usamos la democracia”, advertía entonces. “El venezolano es el más universal de los ciudadanos del mundo”, discurría con su vozarrón ceniza.

Otro gran escritor íntimo de Cabrujas y también fallecido, el genial Salvador Garmendia, solía compartir  con El Maestro el rol de “flaneur”, de hombre que se pasea por los recovecos de una ciudad, es este caso un poco más grande y llamada Venezuela. Historias cotidianas y maravillosas, cual secuela en modo “stream” del quehacer del guionista de TV, fueron concatenándose hasta atrapar la sintonía masiva criolla. La televisión emergía de sus propios artificios para convertirse en una herramienta vinculada no sólo con el entretenimiento, sino con la posibilidad de instar al ciudadano a mirarse el ombligo sin renunciar al deber de levantar la mirada y contemplar el orbe en progreso.

El país, no sólo como oficio, sino cual necesaria y pertinente obsesión. Apasionado hasta el tuétano, fue Cabrujas quien redimensiona también el teatro venezolano, con una tetralogía que centra el protagonismo en ese ser nacional. Piezas como Profundo, Acto Cultural,El día que me quieras o El Americano Ilustrado, revelan una conciencia local, un cosmos intenso de contradicciones que el escenario cabrujiano recoge cual nuevo émulo de aquel genio alemán. “Un Bertolt Brecht con caraotas fritas”, promulgaba, jubiloso, Garmendia.

Personajes  hermosos, que dicen cosas hermosas propuestas por este “BB de Catia”…Imaginario en el cual la actriz Lila Morillo es una autóctona heroína de la independencia y baja como la Victoria de Samotracia cantando “El cocotero”, aderezado con notas de Carmina Burana y donde la única sinestesia posible mezcla tambores con pescado frito.

Como el monólogo de Acto Cultural: ” Herminia: Vienen enseguida. Que no se desanime nadie. Va a procederse ahora a la velada. Pero claro, hay cambios… se disfrazan… se maquillan… ¡Qué bello el teatro!, ¿no? Tan antiguo, tan como es y como debe ser. El arte, mi amor, que te llena, que te invade y tú ahí sintiendo y estrujándote como si fuera un hombre, un macho de piedra que te pasa la mano y te aprieta y te golpea y te muerde desquiciándote. Y una, transida, como decía Petit, mi marido, el que está a la izquierda de Santa Rosa de Lima, en la parcela. (Recuerda) Petit. Petit era el arte, de origen francés por supuesto. Petit, tan recordado, tan imprudente en eso de morirse, íntimo de Mauricio Ravel. Todo es arte, Herminiá… era él hablando así y llamándome Herminiá… todo es arte y ritual… ¡Los rituales de Petit! La ablución, el despojo, la partícula… porque no era tomar champagne que cualquiera toma… era el manejo, la presión, el dedo, la cultura. ¡Y yo encontrándome a cada momento del día! ¿Cómo no va una a llorar a un hombre así? Encontrándome como un documento perdido en cada rincón de Petit y especialmente en las axilas de Petit. La vida entera se me hizo un escondrijo, una vida japonesa en los detalles de Petit. Me habló de armonía, pero más que hablarme, me armonizó, me orquestó como a una partitura seca que se llena de oboes y clarinetes y violas de gamba y arpegios. Descubrió mis aguas, Petit, esas humedades de que estamos hechas las mujeres de Ejido, unas resonancias que tú tienes, mi amor, y salpican como cascadas… ¡El teatro, Herminiá…! ¡Qué bello el teatro! Así me dijo, y yo me sentí en el kamasutra del inmenso Petit, y lo amé todas las noches de cuarto en cuarto de hora, como Athalie, como Fedra, como Jimena, como Clitemnestra y siempre con las mismas uñas de aquel eterno orden conyugal…”. El espejo, la risa, todo.

Con el actor Rafael Briceño y a través de la teleserie sobre Juan Vicente Gómez, Cabrujas le mostraba el país al país mismo. Parlamentos magistrales hablados en clave criolla: “Nuestro pasado, de pájaros, de maulas, de platillos típicos, abordó siempre lo sincero…Y ahora, cuando los asientos comienzan a llenarse, ¿qué vamos a montar?..”.

Esa misma Venezuela que se pregunta todavía: “¿Si Cabrujas estuviese vivo, ¿cómo analizaría este momento?”. Su amanuense, Yoyiana Ahumada tiene hartas horas de avión acudiendo a los lugares donde la pregunta reverbera. Ella apela al mismo Maestro: “La necesidad que tenemos los venezolanos de evocar personajes de su pasado, habla un poco mal de esa sociedad, dado que es una negecaión de lo contemporáneo, de lo presente. Este país no necesita invocar esos personajes. Este país padece la inmensa catástrofe de contar su historia de una manera moral: este es bueno, este es malo…Uno termina sintiéndose estafado con esas antinomias..”.

Ese intelectual llamado Cabrujas que sembró un estilo. El mismo que lleva a colegas a pensar: “Como Gabo …el escritor, el periodista que todos queremos ser  Si lo lees estarás condenado a intentar imitarlo….”. Y uno corre el riesgo.

Y continúan resonando los pasos bienaventurados del hijo del sastre José Ramón Cabruja Esteso y Matilde Lofiego de Cabruja. La ese vino después.

Gran cocinero, recalca Enrique León, director zuliano íntimo amigo del exmiembro del Teatro Universitario de la UCV, donde Cabrujas estrenara Juan Ferancisco de León y Fiésole, entre otras piezas de principiante ilustrado. 

Ochenta años con más Cabrujas: “¡No hay Señor Misericordioso! ¡Estás en el mundo, con tus manos, con tu lengua… y no hay Señor Misericordioso! ¡Yo te podría decir que soy comunista por la cojonudez del Manifiesto, por el hígado de Marx y la cabeza de Federico Engels! ¡Pero soy comunista, por la declaración de Aura Cecilia Sarabia, cocinera de la pensión Bolívar donde murió mamá!..”. Hay que montar a José Ignacio, a quien queremos tanto cada lectura más…

Panorama

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