Cultura

Cómo formar una familia perfecta

“Creo que eres perfecta para ella”, me dijo la trabajadora social, mientras me mostraba una foto en el catálogo de niños ubicados en hogares temporales.

Parecía una bolita, su rostro no se veía bien en la foto borrosa, en blanco y negro. La descripción debajo de la foto narraba su historia personal, que de inmediato acepté con los brazos abiertos.

“Sí”, dije.

Tenía apenas un año y ya había sido promocionada en este y otro lugar; había aparecido en el periódico, como un anuncio de muebles usados. Esperaba ser adoptada, como sucedió con otros niños, después de que los derechos para su paternidad fueron anulados, lo cual quería decir que, de no ser adoptada, ya no tendría edad para ingresar al sistema público de acogida de menores.

Cuando nos conocimos en la oficina de servicios sociales para menores, estaba sentada en el regazo de su madre temporal, que se veía muy cansada. Mi futura hija era uno de los muchos niños que habitaban en la casa de la mujer, quien se alegraba por su adopción.

“Detesto verlos ir de casa en casa”, dijo la madre temporal, mientras me entregaba a mi primogénita.

La cargué paralizada; le había llevado un teléfono de juguete. Cuando sonrió y se estiró para alcanzarlo, nuestros ojos se encontraron y la trabajadora social capturó el momento en una fotografía. Más tarde, escribí al reverso de la foto: “La primera vez que te vi”.

No entendía por qué no había una fila de padres en espera para adoptarla. Que yo fuera quien tuviera el honor me hacía temblar.

Me sentía tan enamorada que no podía decir su nombre en voz alta, ni en un murmullo, por miedo a que se me negara esa dicha: Luppi Milov. Pensé que era el nombre más eufónico que había escuchado en mi vida. Mi hija, mi amor.

Hasta donde sabía, podía embarazarme pero no quería. Había medio millón de niños en hogares temporales que necesitaban padres adoptivos y yo quería hijos, así que para mí era claro como el agua.

Aunque mis amigos no opinaban igual. “¿Qué no te da miedo?”, preguntaron.

No, no me daba miedo. Había crecido en la pobreza, entre el abuso y la violencia. Si mi hija no merecía salvarse, yo tampoco. Además, no creía que la biología era una garantía de amor. Había crecido en una familia en la que los padres tenían orígenes étnicos distintos, sin relación con uno de mis hermanos y como media hermana de los demás, sin que por eso los quisiera a medias.

Adoptar a un niño de algún hogar temporal se sentía como magia. Es una idea que encapsula tanta imaginación y una intención anunciada: la decisión de amar.

Claro está que los ideales son una cosa y la realidad, otra. Los primeros meses de maternidad me dejaron como si me hubiera pasado un tren encima: mi tiempo libre quedó reducido a citas de terapias ocupacionales, doctores y especialistas. Me quedaba despierta hasta tarde leyendo libros, aprendiendo sobre los desafíos que podría enfrentar. La educación preescolar comenzó con la inminente educación especial, pero yo decidí que ella era perfecta tal como era.

Y, de repente, mi nena floreció.

Tres años después, la misma trabajadora social dijo aquellas palabras mágicas otra vez, con un pequeño cambio: “Creo que eres perfecta para él”. Esta vez, la foto era más clara: un precioso bebé con mejillas de querubín. Sus ojos hablaban por él; reconocía aquel terror como el que alguna vez vi en mis propios ojos cuando me asomé en el espejo de mi infancia.

“Lo llamaré Tony Baloney”, dijo mi hija, bailando alrededor de su nuevo hermanito. Ahora tenía cuatro años y era una expresión de dicha andante.

Lo conocimos en su hogar temporal, donde sus experimentados padres de acogida nos dejaron todo muy claro: Tony había ido de un hogar temporal a otro. Tenía serios problemas de apego e ira. (Mientras hablábamos, Tony hizo llorar a otro niño; escuché los gritos de dolor en el pasillo).

Una vez en casa, Tony jaló las cortinas del baño hasta tirarlas, me aventó el plato del perro, me mordió, arrasó con su habitación. Yo terminaba frecuentemente encerrada en el baño, temblando de rabia y decepción. Es difícil amar a un niño que no te ama, pero sabía que no podía fallarle a Tony. Fallarle sería fallarle a mi infancia perdida, a la memoria de enojo que tenía y mi deseo desesperado de que alguien me amara a pesar de eso.

Decidí que la práctica hace al maestro. Cuando se enfurecía, le decía que lo quería. Se lo decía una y otra vez.

Fuimos a ver a un psiquiatra que nos sugirió “pasar tiempo en el piso”, un método en el que uno se sienta con el niño durante horas y horas jugando a lo que el niño quiera jugar. Suena sencillo, pero fue transformador. Cada mañana al despertar, veía a Tony de pie junto a mi cama.

“¿Es hora de jugar en el piso, mamá? ¿Ya es hora?”, me preguntaba, y antes de que pudiera prepararme una taza de café, íbamos a nuestro tapete especial y yo asentía con la cabeza mientras Tony actuaba todo el dolor que había experimentado. Enterraba niños en calabozos, los ponía en trenes y los enviaba lejos. Algunas veces me permitía ayudar. La mayoría de las veces me permitía ver y ser testigo.

A pesar de toda su furia, Tony jamás trató de hacerle daño a su hermana. Ella aceptaba jugar todos los juegos que él quisiera jugar y se tomaba con calma todas sus rabietas. “Tiene miedo de que lo vayamos a abandonar”, me dijo ella, muy solemne.

Durante años, Tony mantuvo todo su bagaje emocional empacado junto a la puerta, a la espera de que lo echáramos de nuestras vidas. “Soy tan fuerte como Superman”, le decía, aunque no estaba segura si yo misma lo creía. “No me rindo”.

Poco a poco, las rabietas fueron disminuyendo hasta que cesaron. Un día, subió la vista mientras jugaba con un camión en el piso, y sus ojos eran dulces. Ya no estaban llenos de terror.

“Tú me trajiste a casa”, dijo. Regresó la vista a su camión y dijo en una voz tranquila y firme: “Yo también te quiero”.

Pasaron otros seis años antes de que la trabajadora social dijera una vez más: “Creo que serías perfecta para él”.

Este niño, un bebé, cumplía años un día después de Tony, y el nombre que le habían dado al nacer era extrañamente similar. También era magia pura: Markel Antoine. Miraba su foto no sé cuántas veces al día, repitiendo mi oración secreta: “Por favor, que sea mío”.

La respuesta fue sí. Volví a sacar la carriola, los juegos de terapia ocupacional y todos los contactos de especialistas.

Sus padres de acogida habían recibido capacitación para hacerse cargo de menores médicamente frágiles. Lo habían rodeado de almohadas y ahí estaba sentado, con los ojos resplandecientes al vernos. Luppi y Tony tenían 9 y 7 años para entonces.

Entusiasmados, cargaron a Markel en sus piernitas.

“Sabes que no duerme, ¿verdad?”, me preguntó la madre del hogar temporal. Lo sabía.

“¿Y que grita toda la noche?”. Lo sabía.

“¿Y que su futuro es incierto?”. Lo sabía.

Sentía que ya tenía suficiente experiencia para enfrentarme a cualquier cosa. Había aprendido a disfrutar el proceso con esos supuestos niños problemáticos y era gratificante ver el crecimiento. Me sentía contenta con la verdad de que hay que aceptar a los niños tal como son antes de que puedan cambiar.

Al igual que sus hermanos, Markel no tardó en florecer.

Había llegado a creer que la terapia más importante de todas es la permanencia. Los niños pueden sentir cuando están en un hogar temporal. Todos mis hijos crecieron rápidamente una vez que se establecieron y pasaron de tener un peso y altura muy por debajo de lo normal a estar cercanos al promedio. Lo más importante es que crecieron emocionalmente: el amor es lo que alimenta el alma y nos permite a todos florecer.

“¿Son hermanos?”, me preguntan cuando salimos, cuando se dan cuenta de que son adoptados.

“Ahora lo son”, respondo.

“Debes ser valiente”, me dicen.

Nunca supe qué contestar. Nunca me sentí valiente. Tal vez la pregunta da por hecho que necesitamos una valentía especial para ser madres de hijos a los que nunca hemos conocido, pero ¿eso no es lo que pasa con todos los niños? Incluso cuando nos embarazamos, no sabemos quién es él o ella sino hasta que nace.

Ser padre es adentrarse en lo absolutamente desconocido, un universo mágico donde elegimos amar una y otra vez. Implica tener valor, pase lo que pase.

“¿Y no querías hijos propios?”, me preguntan.

“Lo son”, les contesto, con toda tranquilidad.

Al adoptar hijos de hogares temporales, me convertí en la madre que necesitaba ser y reescribí mi propia historia. Tengo la oportunidad de revivir mi infancia una y otra vez, pero como debió ser, llena de caricias y perseverancia, seguridad y amor.

Si acaso existe eso que llaman ciclo del abuso, lo he roto, una y otra vez, porque así lo deseo.

Ya pasaron 20 años desde mi primera adopción. Luppi, Tony y Markel ahora son unos jóvenes florecientes y bien adaptados, que trabajan y estudian. Si los conocieran, no podrían adivinar sus historias. Pero si se las contaran, también estaría bien, porque en su pasado, y el mío, no hay nada de qué avergonzarse.

Hace poco tuvimos unas vacaciones familiares; volamos de Oregon a Phoenix, donde pasamos cuatro días. Los chicos hicieron payasadas junto a la piscina, y yo les tomé un montón de fotografías sonriendo y rebosantes de vida.

La trabajadora social había dicho en cada ocasión que yo era perfecta para ellos. Y a juzgar por los hechos, ellos eran perfectos para mí.

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