Opinión

FENOMENOLOGIA DEL PAN CANILLA

Es prácticamente una locura caminar en Caracas. Supongo que debe ser lo mismo en cualquier ciudad o pueblo del interior si por allá, como aquí, todo está abarrotado de vendedores informales que fortuitamente han venido apareciendo con un tarantín portátil donde ofrecen de todo, especialmente todo lo que falta, a precios sumamente elevados.

Me tomé la molestia de indagar en varios sitios que antes eran para libre tránsito peatonal, y que recientemente se han constituido, por arte y magia de esta crisis, en ventas de pan canilla. Mi pregunta a cada buhonero era: ¿cómo hicieron para armar cada tarantín? Conversé directamente con los sujetos que ofrecían el pan ya envuelto en su bolsa, nada más que para llevar.

Aunque la mesita improvisada donde estas personas exhiben su pan es pequeña, está pensada por el también improvisado vendedor para atender diferentes casos de compradores, y en atención de ello se pueden observar paquetes de hasta cuatro canillas ya embolsadas. Tiene que ser así y no de otro modo, porque ciertamente algunas personas no pueden llevarse cuatro canillas, sino dos, por ejemplo, o una sola, si el dinero ya no les da para más.

En principio pensé que esta disposición del vendedor de pan recientemente aparecido en la vera del camino se había limitado a imitar la forma en que los abastos y panaderías tradicionales acomodan sus exhibidores para facilitar el servicio de la venta, ganándole tiempo al tiempo (y más de lo debido al pan en metálico, obviamente, si consideramos el precio exorbitante en que comercializan cada unidad), ya tienen pues sus paquetes armados desde temprano para satisfacer la múltiple clientela , pero ¡no!, en el caso de estos vendedores que poco a poco han venido minando las esquinas y avenidas de la ciudad e incluso del boulevard de Sabana Grande, tienen una motivación distinta.

Esta otra motivación es la mencionada matraca. La del funcionario llámese o vístase de guardia nacional, policía bolivariano, inspector ministerial o de tránsito y pared usted de contar. No la de las caderas furiosas que retan la salsa brava o una descarga de tambores, ni tampoco la del simpático instrumento musical que a rabiar hacemos girar en carnavales o en el estadio para apoyar a nuestro equipo favorito. No, la matraca que coloquialmente llamamos así para no hablar directamente de corrupción.

Otra situación que perfectamente se da la mano con este tema de la matraca, es la que tiene que ver con el mecanismo que hace posible que nazca súbitamente un vendedor ambulante de pan en cualquier esquina de la ciudad. Me lo explicó con lujo de detalle uno de ellos que para mayor seña no creo que tenga siquiera quince años de edad: “Yo tengo más o menos dos meses vendiendo pan en este sitio, vengo después de las tres de la tarde porque tengo que esperar a que mi cuñado, que es quien me facilita los panes, salga de la panadería donde trabaja y me traiga la carga que yo vendo aquí en la calle”. Luego me soltó esta perla: “Mi cuñado es mi socio, él trae los panes y yo los vendo, le ganamos a cada pan el doscientos por ciento y él puede traer esos panes porque se arregló con el dueño de la panadería, que a cambio de que no se retire y siga cobrando lo poquito que le paga, se rebusque con el pan por su cuenta y la gente que se joda si no quiere hacer cola…”.

El chico me dijo que a veces tiene que sacrificar algunos panes cuando la policía (a todos les da el mismo nombre sin importar el uniforme que porten) se le planta enfrente con ánimos de hacerle creer ese cuento de la venta lícita de comercio, lo permitido y legal, lo prohibido, los permisos sanitarios, etc. Cada policía “…se lleva cuatro canillas y yo prefiero darles pan que darle la plata”.

Esta fenomenología del pan canilla es demasiado interesante (triste y estresante también es) por varias razones, entre las cuales está latente la corrupción del funcionario y del ciudadano de a pie, el cambio brusco que se produce en la sociedad de manera natural cuando se encarece un producto por la razón que sea, que en el caso nuestro para unos (los que gobiernan) es “Guerra económica” y para otros (economistas serios), “Ley de oferta y demanda, reglas de mercado”, la aparición lógica de otra forma de buhonería que cada vez se multiplica “como el pan de cristo” y nunca antes mejor dicho, pero muy especialmente, y en este detalle me detendré para finalizar, por una razón digamos antropológica, de vida, de cultura, si enfocamos el tema de cara al lio, al caos, al brollo, para decirlo coloquialmente una vez más.

Lo que pasa en estos momentos con el pan canilla, aplica con todo lo demás que sea imprescindible en la dieta, y ya es bastante decir, pero como se trata de una falla estructural tremenda y no de una cosita insignificante que a la burocracia le permita “coser y cantar” (Pan y circo pues), entendemos que esta fenomenología aplica a todas las demás esferas de la vida rutinaria de nuestros ciudadanos: la salud, la medicina, los autos, los calzados, las velas y así hasta los alfileres y el mentol.

Es interesante hacer el ejercicio imaginativo para ver qué tantas cosas pudieron haber ocurrido desde que surge la primera significación de esto que llamamos matraca, símbolo inequívoco de caos y corrupción incorporado en nuestra lengua como un modismo (antes y ahora; más ahora, desde luego), teniendo tan solo dos objetos o cosas concretas a las cuales acudir en este ejercicio: Un navío antiguo (Nao) en el que en tiempos remotos el mar fuera dominado por toda clase de marineros, que al zarpar o atracar, incluso en plena travesía, producía un ruido muy particular entre sus maderas, que la tripulación terminó denominando matraqueo; y un modesto instrumento de percusión hecho de madera, que es el que todavía llamamos matraca (ahora los hay de plástico y de metal).

Con los tambores, se puede reproducir ese ruido de las maderas con que se fabricaron esas naves antiguas intranquilas y trepidantes, en un lenguaje melodioso que suena tac tac tac y taqui titaqui en fulías, por ejemplo, para que las caderas de una hembra hagan lo suyo para delicia de quienes hayan podido ver ese espectáculo, nada más que añadiendo un cuero. Después se ocuparon los hombres de inventar el instrumento de madera juntando dos tablillas de madera y un mango que al hacerlo girar sonaba también con aquella remembranza de las embarcaciones, pero para acompañar otros instrumentos musicales de percusión y viento. Hasta allí matraca y matraqueo. ¿Y lo otro? ¿Cómo viene lo demás?

Debe ser por vía de una política de Estado equivocada y errática (Pan y circo como dije). El señor de la mancha, combatiente de molinos de viento, nos legó estas palabras que pienso vienen al caso: “El muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza”. Nosotros la hemos cambiado un poco, decimos: “El muerto al hoyo y el vivo al brollo”. La hogaza es, en rigor, el pan; supongo que el célebre hidalgo con esta expresión quiso expresar lo mismo, esto es: buscar el pan a como dé lugar, con las dificultades del caso para cada época. Estas dificultades son el embrollo, valga decir, el caos irradiando consecuencias nefastas en la vida social.

No puedo evitar pensar que cada buhonero especializado que consigo en cualquier escenario inimaginable del camino (ya se los puede ver dentro de la estación del Metro con sus cajitas acomodadas) es la concreción de esa mítica figura de “EL HOMBRE NUEVO”. No importa qué uniforme se lleve puesto si es quien va a matraquear, menos si la venta es de pan o condones a cargo del matraqueado. El punto es que hay que ganarse el pan trabajando decentemente o corrompiéndose hasta el tuétano, como parece le está ocurriendo a la sociedad. ¡A como dé lugar estamos sobreviviendo! Y huelga decirlo así con sus letras grandes. “Al pan pan, y al vino vino”.

 

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