Opinión

El voto es la única opción de los venezolanos

AMHERST, Massachusetts — Los venezolanos se han quedado sin alternativas en sus esfuerzos por escapar del autoritarismo. La oposición ha intentado todo lo ya conocido para restaurar la democracia. Nada ha funcionado. Cada día que pasa, el régimen se vuelve más autoritario.

Sin embargo, el 20 de mayo, los venezolanos tendrán otra oportunidad. El gobierno está permitiendo que haya elecciones presidenciales. Algunas personas en la oposición han llamado al abstencionismo. Es comprensible, pero resulta un desperdicio. Al no votar, la oposición desperdiciará la única oportunidad en años de poner fin a esta dictadura.

La invitación a la abstención se basa en un hecho aceptado: las elecciones son una farsa. Todo mundo lo sabe. Las reglas, si se le puede llamar así a lo que existe en esta cleptocracia, favorecen de manera descarada al gobernante en turno, el presidente Nicolás Maduro.

En circunstancias normales, lo digno sería quedarse en casa el 20 de mayo. Pero estas no son circunstancias normales. Los venezolanos en realidad no tienen opciones para contener al régimen, porque al tener opciones se da por hecho que hay alternativas. A estas alturas, no hay nada que pueda detener el autoritarismo de Maduro.

Para entender la falta de opciones en Venezuela, es útil revisar los factores que los politólogos han analizado como posibles causas de la caída de un régimen autoritario. Varían de las menos a las más potencialmente exitosas. En Venezuela, hasta aquello con mayores probabilidades de tener éxito es improbable.

Para entender la falta de opciones en Venezuela, es útil revisar los factores que los politólogos han analizado como posibles causas de la caída de un régimen autoritario. Varían de las menos a las más potencialmente exitosas. En Venezuela, hasta aquello con mayores probabilidades de tener éxito es improbable.

Los estantes vacíos de un supermercado reflejan la escasez de alimentos que asuelan a Venezuela, en medio de la crisis económica. CreditMeridith Kohut for The New York Times

Comencemos con la economía. Muchos venezolanos piensan que la cada vez más grave crisis económica derrocará a la dictadura; sin embargo, los dictadores rara vez caen ante la presión económica. De hecho, tienden a sobrevivir a la recesión económica y la usan como excusa para ser todavía más represivos. Esta es una de las razones por las que las sanciones económicas son poco eficaces, en general, para provocar un cambio de régimen. El régimen venezolano ya ha sobrevivido cinco años de contracción económica, bajo sanciones externas cada vez mayores.

Las insurrecciones civiles funcionan mejor que la presión económica para poner fin a las dictaduras, pero solo si el Estado no está dispuesto a reprimirlas; lo que no sucede en Venezuela. Desde 2001, el gobierno ha reprimido las principales olas de protestas, las más recientes en 2017, en las que perdieron la vida más de 150 venezolanos y más de cinco mil fueron enviados a la cárcel, en donde muchos fueron torturados.

Luego están los golpes militares. Tienen mayor probabilidad que las rebeliones de sacar del poder a los líderes autoritarios. Sin embargo, los golpes de Estado en contra de los autócratas se han vuelto cada vez menos frecuentes por una razón: los gobiernos actuales tienen mejores formas de detectar y, por ende, frustrar los posibles golpes. Incluso cuando sí ocurren, la mayoría de los golpes de Estado contra los autócratas no conducen a la democracia: sustituyen autocracias viejas con autocracias nuevas.

Así que los venezolanos que esperan que la economía, las sanciones en contra del gobierno, las protestas civiles o un golpe militar restauren la democracia podrían estar esperanzados contra toda esperanza.

La pregunta adecuada que hay que hacerse no es si votar es lo ideal, pues realmente no lo es. Deberíamos preguntarnos más bien si votar es mejor que no hacer nada.

Para mí, la respuesta es sí. Al no hacer nada, es decir, optar por la abstención, los venezolanos votarán por Maduro, ya que le darán una victoria fácil. El presidente se se hará más fuerte dentro de su partido, admirado por lograr una victoria en medio del colapso económico. Todo esto servirá para autorizar sus planes de sovietizar a este Estado petrolero en ruinas.

Votar en elecciones amañadas causa dudas serias. ¿Por qué votar si las reglas no son favorables? Esta es una preocupación comprensible. De las once posibles irregularidades previas a unas elecciones, Venezuela ya cometió al menos diez, incluyendo prohibir candidatos y partidos, manipular el calendario electoral para beneficiar al partido gobernante, permitir que las autoridades electorales sean partidistas, no actualizar ni auditar correctamente los registros de electores, condicionar los subsidios de bienestar social al voto por el gobierno y amenazar con verificar la identidad de los votantes.

Entonces, ¿para qué votar? La respuesta está en las urnas. El gobierno es abrumadoramente impopular, ya que Maduro tiene una tasa de desaprobación tan elevada que llega al 70 por ciento. Si los índices de abstención en las elecciones son bajos dentro de la oposición, esta tiene una posibilidad.

Incluso si la oposición no gana, puede beneficiarse de una gran participación ciudadana. Cuantos más votos obtenga la oposición, más forzado se verá el régimen ya sea a hacer trampa el día de las elecciones o a reconocer su debilidad electoral, lo que en ambos casos debilitará a Maduro dentro de su propio movimiento.

Otra inquietud: ¿por qué votar por un candidato de oposición cuyas credenciales democráticas son cuestionables? De los tres candidatos que contienden a la presidencia de Venezuela, el puntero es Henri Falcón. Su nombre es el que cuenta con el mayor reconocimiento, pero no se le conoce precisamente como un demócrata comprobado. Falcón es un militar convertido en gobernador que abandonó el chavismo no tanto por una convicción democrática, sino más bien en protesta porque no se le dio autonomía para gobernar como quería. Por ende, Falcón parece más un chavista pálido que un demócrata convencido; más integrante del círculo que ajeno a él.

Sin embargo, ser parte de algo no significa necesariamente “continuidad”. En el mundo hispanohablante hay muchos ejemplos de cambios radicales encabezados por integrantes del régimen anterior que llegaron a ser presidentes.

Por ejemplo, en España, a finales de los años setenta, el presidente Adolfo Suárez, exmiembro del gabinete durante la dictadura de Franco, fue quien le dio a ese país su democracia actual. En Paraguay, a principios de los noventa, el general Andrés Rodríguez, del mismo partido que el dictador en el gobierno, fue quien introdujo la democracia. En México y Argentina, los presidentes Carlos Salinas de Gortari y Carlos Ménem, ambos miembros de partidos populistas, se deshicieron de las economías populistas. En Chile, en la década del 2000, la presidenta Michelle Bachelet, exsocialista, dirigió una de las respuestas de la economía de mercado más exitosas a la crisis mundial de 2008. En Colombia, a principios de la década de 2010, el presidente Juan Manuel Santos, exministro de Defensa de un gobierno de derecha, llevó al país a la izquierda y logró la paz con los guerrilleros. Así mismo, apenas este año, en Ecuador, el presidente Lenín Moreno, seleccionado por un autócrata como su sucesor, promulgó una ley que prohíbe la relección, cuyo propósito es evitar el regreso del autócrata.

Hay un motivo por el cual quienes forman parte de regímenes autoritarios pueden convertirse en transformadores: los que están en el gobierno y quienes los apoyan confían en ellos un poco más e incluso pueden pactar con ellos porque se les ve como cercanos al poder —lo cual hasta cierto punto los hace más confiables que los disidentes comprometidos—. Si están en las entrañas del sistema gozan de más espacio para maniobrar que los disidentes puros. Pueden usar ese espacio para llegar hasta los cargos más altos, que es lo que Falcón está intentando hacer.

Los venezolanos deberían aprovechar esta apertura en lugar de ridiculizarla. Lo peor que puede pasar es que las cosas no cambien; pero lo mejor sería que, nuevamente, alguien ascienda desde dentro y se convierta en un transformador. Al abstenerse, los venezolanos cierran esta posibilidad.

Entiendo que muchos venezolanos se sienten tentados a abstenerse. Yo, al igual que ellos, desearía que los venezolanos tuvieran a un Nelson Mandela, un Lech Walesa o un Václav Havel, líderes con credenciales democráticas inmaculadas, ajenos al régimen, que compitan en elecciones justas y, casi de la noche a la mañana, reinstauren la democracia. Pero esta salida limpia no está disponible en Venezuela.

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