Opinión

Deberes del patriotismo

REINALDO ROJAS

El pensamiento crítico se forja en las fronteras de las crisis, cuando las evidencias de la realidad no calzan con las teorías que pretenden explicarlas. Así es que evoluciona el pensamiento, en un esfuerzo constante de “ponerse al día” con el discurrir de la vida. Goethe lo resumió en esta famosa frase: “Toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida”. Crisis como la que hoy vivimos los venezolanos no sólo deben servir para quejarnos y añorar momentos pasados.

Debe ser, además, acicate para pensar y preguntarnos hasta dónde lo que sucede es producto de nuestras acciones individuales, de nuestras costumbres y maneras de ser, además de ser el resultado concreto de erráticas políticas impulsadas por quienes gobiernan y su visión de la realidad.

En nuestra historia política, los venezolanos hemos pasado por crisis que han propiciado importantes debates del pensamiento que lamentablemente se han quedado en el olvido. No forman parte de nuestro patrimonio cultural y político. Uno de esos debates es el que protagonizaron don Cecilio Acosta y el Dr. Ildefonso Riera Aguinagalde, a propósito de la naturaleza y significación histórica de la Guerra Federal (1859-1863). Fue un pugilato de ideas, escenificado entre 1867 y 1868, cuyos planteamientos queremos traer al debate político actual.

¿Fatalidad necesaria?
La Guerra Federal ¿fue una fatalidad necesaria? ¿Sólo por la vía de la violencia es que avanzan los pueblos?  ¿Qué papel juegan los intereses y conflictos de los actores políticos en el desencadenamiento de las revoluciones? ¿Qué es para el pueblo venezolano una revolución? ¿Por qué siempre hemos dirimido nuestros conflictos en el escenario de la guerra? Veamos que dicen nuestros contendientes.
Para Riera Aguinagalde, prominente político liberal federalista, “las revoluciones, si destruyen, no atrasan; las revoluciones, al contrario avanzan y civilizan”. Sin embargo, para el ilustre caroreño, guerra y revolución no son necesariamente sinónimos. La revolución es “el derecho armado, la idea con traje de campamento, los pueblos tras las trincheras del Monte Sacro, la espada allanando los caminos del progreso”. En esta lógica, primero, le toca al zapador “que enviado por Dios, tala”. Después, le toca el turno a la inteligencia “que terminada la fatiga, siembra”. La Guerra Federal es asumida, en consecuencia, como una fatalidad necesaria. Primero, Zamora; luego Guzmán Blanco.

Progreso sin saltos
El otro camino es el del progreso sin saltos. El que surge del trabajo de todos los días. Acosta, que se asume como un hombre de ideas, plantea su tesis en momentos en que la Revolución Federal triunfante ha asumido el gobierno liderizado por Falcón y Guzmán Blanco. Estamos en 1867 y por todas partes estallan revoluciones, contra el gobierno. Por eso Acosta le aclara a su interlocutor: “Nunca hemos sido hombres del poder, pero sí somos hombres de doctrina”. Le reafirma su tesis: “Nuestra teoría es que las revoluciones destruyen y atrasan”. Y expone sus razones:
Primero, las revoluciones generan odio político, que es un cáncer que corroe todo el cuerpo social. Producto de ello, se confunde la idea con la persona, la doctrina con la parcialidad, llegándose al extremo de negarse la cooperación en la labor común.  En segundo lugar, Acosta habla de las revoluciones nuestras, las concretas, las que son el producto de los intereses individuales de los caudillos. Dice don Cecilio: “las revoluciones nuestras no se hacen, como en otras partes, acaudilladas por los grandes intereses que están en las ciudades populosas, en los bancos, en las Bolsas, en los ricos gremios”. Alude con ello, a que las nuestras, no son revoluciones burguesas que nacen para superar el feudalismo, que es el verdadero atraso.
Hábitos
En tercer lugar, nuestro problema es de costumbres y “los hábitos no se cambian de un día para otro, y menos los que forma la disciplina militar”, ya que la guerra es también escuela que forma la personalidad y de ella es que han surgido nuestros conductores políticos en el siglo XIX y primera mitad del XX. Nuestras revoluciones no han formado al ciudadano en las prácticas republicanas que se expresan en la discusión pacífica del derecho, los usos respetables de asociación, la prensa como luz.
En este debate que ilumina por las ideas que se confrontan, Cecilio Acosta señala con claridad las características de nuestra conformación social como pueblo, lo cual explica lo que somos como Estado y como nación. Allí habla el filósofo de la política. La historia no es el pasado. Es presente y futuro. Sólo reconociendo, con objetividad y realismo, lo que hemos sido como pueblo y nación es que podemos avanzar hacia metas de progreso y bienestar. Muchas respuestas están en nosotros mismos.

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Acerca de Reinaldo Rojas

Reinaldo Rojas es Profesor Titular jubilado de Ciencias Sociales, mención Historia. Posee los titulos y grados académicos de Especialista en Historia Económica y Social de Venezuela (1984), Magíster (1986) y Doctor (1992) en Historia.

 

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