Opinión

De la dictablanda de Chávez a la dictadura de Maduro

No me cuento entre los venezolanos que no advirtió en 1999 que el recién constituido gobierno de Hugo Chávez conduciría más temprano que tarde a una dictadura y que, cualquiera fueran los atajos que tomara el teniente coronel para simular sus irrefrenables impulsos, un día amanecería fusil en mano declarándose como único e incuestionado dictador.

Se descubría, no solo en las preferencias por la dictadura de los hermanos Castro de Cuba que empezó a revelar tan pronto salió de la cárcel, sino en el discurso ultraradical que, no obstante no mostrar las pezuñas socialistoides por razones electorales, tomaría rápidamente el curso que, acostumbran los regímenes marxistas de origen dudoso, según van tomando confianza.

Pero también habría que referirse a aquellas multitudes que empezaron a rodear a Chávez una vez que se hizo del poder, agitadas, tanto para demostrar que su fuerza crecía entre los pobres, como que los tendría entre sus fuerzas de choque una vez emprendiera el camino para el cual, insinuaba, estaba predestinado.

El Chávez que convoca la Constituyente en febrero de ese mismo año, ya revela que siente que ha avanzado como para dar un paso fundamental, y si la nueva “Carta Magna” solo llega a un presidencialismo feroz pero sin eliminar del todo la independencia de los poderes, sale convencido que la mantendrá hasta que las condiciones objetivas y subjetivas indiquen el zarpazo final.

Hay muchos discursos aquel 1999, y declaraciones, y viajes, y gestos, y promesas en las que se presenta como el hombre del pueblo que vino a liberar al pueblo, pero sin que la gestión presidencial pase de dar inicio a la gigantesca burocracia que años más tarde asombraría a Pepe Mujica cuando lo visitó como presidente de Uruguay.

Pero para mediados del 2001, es posible que Chávez barruntara que se había equivocado en todos sus cálculos y que, con una caída del 70 por ciento en las encuestas y las calles plenas de manifestaciones crecientes que pedían su destitución, es posible que pensara que solo un milagro podía salvarlo.

Y el milagro vino con la gigantesca manifestación del 11 de abril del 2002, cuando, con una dirección políticamente dispersa e improvisada, con mandos múltiples y obligada a decidir sobre la marcha, se produce el derrocamiento de Chávez por la acción de un movimiento cívico-militar, que, durante dos días va de error en error, hasta que el derrocado presidente recompone sus fuerzas, da un contragolpe y regresa el 13 de abril.

Fue un regreso sin gloria, de todas maneras, pues si no fue heroico perder el poder sin arriesgar un pelo, menos lo fue retomarlo por la sola acción de unos que al parecer nunca se convencieron que estaban a punto de evitarle a Venezuela una incalificable tragedia.

Nada, sin embargo, que contuviera las protestas ni la decisión de la sociedad civil de volverlo arrollar, hasta que, dos acontecimientos lo reinstalan definitivamente en el poder: el fraude electoral en el Referendo Revocatorio de agosto del 2004 y el comienzo del ciclo alcista de los precios del crudo que se extiende hasta el 2008.

Por el primero, la oposición cae en una crisis de identidad que la lleva a proclamar que no participará en agendas políticas electorales futuras porque “la abstención” derrotará por su misma al chavismo; y por el segundo, el chavismo resuelve sus problemas de caja y con unos ingresos que no terminan de crecer hasta elevarse en julio del 2008 a 128 dólares el barril, emprende una audaz política clientelar que, a través de la Misiones, le procuran el respaldo de calle y de votos que lo convierten en una dictadura electoralista.

Tocamos aquí con la clave que, hace de Chávez un líder, no solo nacional, sino intercontinental y mundial y que le proporciona los recursos que, con muchos discursos y mucho más políticas sociales de corte parroquial y distribucionistas lo hacen soñar que gobernará hasta que Dios se digne separarlo de este mundo.

No obstante, la oposición democrática -ahora agrupada en la MUD-, emprende la recuperación en diciembre del 2006 al llevar a Manuel Rosales como candidato en las presidenciales y alzarse con el 38 por ciento de los votos; en diciembre del 2007 derrota Chávez en un referendo para una reforma constitucional que buscaba darle luz verde al socialismo; en el 2009 gana por mayoría de votos la Asamblea Nacional y en el 2010 una elección de gobernadores le permite recupera 9 de las 22 gobernaciones.

Ya ha terminado el ciclo alcista, los precios del crudo ruedan a la baja, el gigantesco ingreso (tres billones de dólares según cálculos) se ha dilapidado en los intentos de implantar el socialismo dentro y fuera del país, una pavorosa corrupción y la agujas del reloj político parecen regresar aquellos años de comienzos de los 2000 donde Chávez y la oposición estaban frente a frente y sin ventajas comparativas.

Es un desafío cuyo final Chávez no alcanza a vivir porque muere en Caracas el 5 de marzo del 2013 de un cáncer en la pelvis y traspasa el mando a un funcionario, Nicolás Maduro, que ha demostrado ser la elección menos apropiada para cumplir tamaña responsabilidad.

El régimen de Maduro cosecha ya el fracaso de la revolución chavista, y por tanto, no es un gobierno de vivencia sino de sobrevivencia, porque día a día ve como sus antiguos seguidores le dejan solo y se incorporan a las filas de la oposición para contribuir a su derrocamiento.

Un hito fundamental en este cambio de tendencias, sucedió el 6 de diciembre del 2015, cuando en las elecciones parlamentarias, la oposición democrática obtuvo la mayoría absoluta de los votos con los que recibía el mandato de imponerle a Maduro un cambio de su política económica, o desalojarlo del poder.

Y esta lucha entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo, contuvo durante dos años la carga necesaria para que Venezuela saliera de la pesadilla castrochavista o la golpeara con tal fuerza que el 2017 no le significara sino unos pocos meses en su capacidad de sobrevivencia.

Son los tiempos también en que, con una economía en ruinas y el 80 por ciento de los venezolanos esperando para destituirlo en un Referendo Revocatorio, Maduro asume plenamente la dictadura, procediendo a desmontar lo poco que quedaba de las instituciones chavistas y de garantías individuales y decidiéndose a gobernar ya sin apego a ninguna norma, ni disposición constitucionales.

Es la irrupción de una realidad largamente represada, simulada e incluso negada por sectores opositores que siempre alegaban que quedan brechas para realizar la democracia pero que ahora, al igual que todo el país, está admitiendo que llegó la dictadura.

La dictadura marxista, colectivista y totalitaria, la que ya está en la calle deteniendo opositores y encarcelándolos sin fórmula de juicio, o asesinándolos como acaba de suceder con el concejal, Fernando Albán, la que los obliga la exilio forzoso, la que los persigue en sus casas, las fábricas, los campos y el parlamento y no deja otro recurso que enfrentarla y luchar contra ellos.

Como ya hicieron los venezolanos que combatieron las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, los cubanos que luchan en este momento contra la dictadura de Raúl Castro y los nicaragüenses que se enfrentan a Ortega y los bolivianos a Evo Morales.

Todos en un haz por el regreso de la democracia y la libertad a nuestros países y porque dictadores de ningún género usurpen las constituciones y tomen el Estado de Derecho desde dentro para destruirlo.

Fuente: Manuel Malaver

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