Opinión

¿Cuántos crímenes más hacen faltan para salir de Maduro?

Manuel Malaver | @MMalaverM

 

La última noticia que rueda por el mundo sobre mi país, Venezuela, es que un motín en una Comandancia Policial donde se retenía un número de ciudadanos presos (o “privados de libertad”, como prefiere llamarlos el buenismo oficial) arrojó un saldo de 68 asesinados, en circunstancias que, aun no se aclaran, pero que, puede asegurarse, extremaron la crueldad y el horror que ya se acostumbra perpetrar en tragedias iguales o parecedidas.

Desde luego que, hablamos de imágenes que, por conocidas, nos negamos a describir y porque sucedidas durante un día (el miércoles santo de marzo del 2018) en que la cristiandad recuerda y condena un crimen mayor, el de Nuestro Señor Jesucristo, preferimos pasar por alto para no agregar más dolor, al dolor sacramental y litúrgico.

Pero murieron 68 venezolanos, entre hombres y mujeres, niños y adultos, culpables e inocentes, aunque esta última afirmación podría ser una temeridad, pues, en Venezuela se puede ir preso ( “privado de libertad”) por causas que, dependen de alguna autoridad que decide que, usted faltó a la ley y lo espera una vida larga o truncada en un calabozo.

Y es que, pueden pasar días, semanas, meses y hasta años para que el tribunal que debe conocer de su causa decida imputarlo o liberarlo y así, el preso (o “privado de libertad”), si es condenado, ya pagó su condena y si es declarado inocente, pagó cárcel por un delito que no cometió.

Aunque, también existe la probabilidad de que, tal como sucedió el miércoles santo en los calabozos de la Comandancia de la Policía de Valencia, Estado Carabobo, su juicio no tenga lugar sino en una Corte Celestial que, será la que decida si es culpable o inocente, y cual será la pena que tendrá que purgar en cualquier lugar del Purgatorio o el Infierno en caso de que las pruebas lo condenen.

El caso es que, no hay justicia en Venezuela, como no hay comida, medicinas, transporte público, educación, salud, agua, luz, seguridad, y todos y cada uno de los bienes que son indispensables para que, sea posible la vida en un país y por eso los venezolanos de a cientos, de a miles, de a millones lo abandonan, cruzan sus fronteras, por aire, tierra y mar y se refugian en cualquier otro lar que les de cobijo y protección.

Antes fue lo contrario, un país rico (o más o menos rico) y generoso, abría sus puertas para que los perseguidos y pobres de otros países, vinieran a paliar su hambre y sed de justicia y en muchos sentidos se extrañaran de estos caribeños que, en vez de rechazarlos, los aceptaban; de odiarlos los querían.

Hoy los venezolanos, huyen del horror de un estado fallido, fallido y forajido, de uno que dice presidir un tal Nicolás Maduro, un individuo que aun no les ha aclarado si es nacional o extranjero y que gobierna porque una pandilla de civiles y militares de mal vivir lo han eregido en el tutti di capi para que los defienda y se haga responsable de sus tropelías y cohechos.

Maduro cumple bien su papel (o mal… eso es irrelevante) porque en lo que toca a bramar, parlotear, rugir y chillar que todo está muy bien, que el gobierno de la pandilla es el mejor gobierno, y que no se metan con ella porque está armada hasta los dientes y quien la calumnie se arriesga a ser barrido… eso lo hace bien.

Lo hubieran podido testimoniar los 68 ciudadanos asesinados el miércoles santo en los calabozos de PoliCarabobo en Valencia, Estados Carabobo, en un motín de protesta porque los tenían hacinados en unos pocos metros donde no cabían sino 10, y sin baño, espacio donde dormir, agua, comida y sin médicos ni en enfermeros que los atendieran de las enfermedades y pestes que pululan en el país y más en las cárceles.

Pero lo que es peor, que les informaran por qué estaban presos (o “privados de libertad”), si su caso sería conocido por un tribunal y un juez determinaría si se iban a sus casas, seguían en los calabozos o los llevaban a una cárcel.
Lugares donde también los acosaría la precariedad de la vida o las opciones de la muerte, que se han hecho normativos de la posibilidad de respirar en Venezuela, pero que, en todo caso, es un cambio, el cambio de anotarse al número de una ruleta que, a lo mejor, sí les reporta el beneficio de pasar unos meses más en este mundo.

La gran pregunta es: ¿cómo en las primeras décadas del siglo del cual se ha dicho con toda razón que acumula los más altos índices de desarrollo técnólogico de la historia, un reducción drástica de los niveles de pobreza y una alza creciente del acceso de las sociedades a la seguridad jurídica fundada en el estado derecho, la constitucionalidad y la administración de justicia, en un país de Sudamérica, Venezuela, una banda de forajidos, fuera de ley y que se vanaglorian de hacer parte de la delincuencia organizada, el terrorismo fundamentalista y el narcotráfico internacional, se apropien de su gobierno como si fuera un botín y, cual piratas de los siglos XVI, XVII, XVIII, se enfoquen en deconstruirlo y no dejarle otros cimientos que no sean los que protejen y amparan sus delitos?

Después de la experiencia de la “Segunda Guerra Mundial”, sucedida al final de la primera mitad del siglo XX, cuando los totalitarismos nazi, fascista y comunista redujeron gran parte de Europa y la cilivilación occidental a cenizas, a casi setenta años de creada la Organización de las Naciones Unidas, ONU, justamente para crear un orden jurídico internacional que evitara horrores iguales o parecidos ¿es posible que ante los ojos de los países del mundo sobrevivan estas excresencias, tumores o malformaciones que insisten en imitar a sus antecesores y los copien como si pudieran retroceder la historia con la impunidad que lo hicieron Hitler, Mussolini y Stalín?

El derecho penal privado que con tanto rigor y eficacia se aplica en la mayoría de los países civilizados del globo ¿no rige para las naciones y estas siguen comportándose de acuerdo al dictamen y vocación de gobiernos transitorios y efímeros que le causan un daño inmenso a sus propios ciudadanos y al de otras naciones si se les atraviesan?

Pienso que, estas son las preguntas que se hacen todos los días 30 millones de venezolanos que, como los 68 asesinados en miércoles santo en los calabozos de la Comandancia de una policía estatal en Valencia, Estado Carabobo, están expuestos a la violencia ínsita de un estado fallido y forajido, diseñadado para disfuncionar en un clima social caótico, donde, la sobrevivencia por un pan, agua, medicinas, luz y el deseo de los hombre a ser libres, no se detiene ante cualquier violencia.

Delitos que han debido merecer de tiempo atrás la atención de la ONU, la OEA, la UE y otras multilaterales cuyos organismos y comisiones de Defensa de los Derechos Humanos fundamentan lo que fue el cambio surgido después de las dos guerras mundiales en que se planteó que los estados y sus gobiernos ya no podían continuar como pandillas que, a nombre de los intereses de privados, hacian tabula rasa con la legalidad y constitucionalidad internacional.

Pero admitamos que, no todo está perdido y que, para los días en que la dictadura de Maduro se desmadra y, luce fuera de cauce, ya desde el año pasado, tanto gobiernos como los de Estados Unidos, Canadá y, hace tres días, Suiza, y hoy Panamá. deciden sanciones para que Maduro y sus compinches reciban una suerte de preaviso que, no dudamos, será seguido por la mayoría de los países de la comunidad internacional y que, de no ser oído, concluirá en una intervención militar en Venezuela.

Es lo que aspiran y desean la mayoría de los venezolanos, no impotentes ni derrotados por la pandilla de fuera de ley que destruye su país, pero si preocupados porque cada día, semana y mes que pasan sin resultados, son oportunidades y variables que se pierden para la reconstrucción y se suman a una suerte de cadena de desengaños que pueden concluir en un punto de no retorno.

Por eso ciframos una gran parte de la esperanza en la celebración de la “Cumbre de las Américas” que tendrá lugar a mediados de mes en Lima, Perú, a decisiones adicionales que pueden surgir de la ONU, de la OEA y de la EU y de políticas de países como Estados Unidos y Colombia que hagan valer la ley internacional o la enriquezcan como cuando Estados Unidos invadió a Irak y a Afganistán que eran los dos pilares de las actividades terroristas de Al Qaeda y Osama Bin Laden en Occidente.

También pueden hacerlo el resto de países de la región que desde manaña mismo se sumen a Estados Unidos, Canadá, Suiza y Panamá, en una acción concertada cuya profundidad y alcanze estará determinado por la persistencia de Maduro y su pandilla en no entregar el gobierno de Venezuela a quienes les pertenece: a los venezolanos.

 

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